Nos queda la palabra

Dulce chacón La literatura, un ejercicio de compromiso social

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Es un hecho incontestable que el cine se nutre, a menudo, de la literatura para inspirar guiones adaptados a la versión cinematográfica.

Éste es el caso de la novela “La voz dormida”, de la escritora extremeña Dulce Chacón (Zafra,1954-Brunete,2003), publicada en el año 2002 y recientemente llevada a la pantalla, con relativo éxito, por Benito Zambrano (“Solas”, “Habana blues”). El impacto causado por su estreno y posterior difusión ha contribuido, en gran medida, a recuperar la memoria de la malograda escritora pacense, fallecida a los cuarenta y nueve años, cuando disfrutaba del éxito y del reconocimiento de la crítica y el público y cuando tanto tenía aún por decir y crear. De ascendencia “aristócrata y de derechas”, según sus propias palabras, su vocación literaria se despertó a muy temprana edad, fuertemente influida por el ambiente ilustrado, de marcadas inquietudes literarias que se vivía en el seno familiar. Tras una infancia feliz en Zafra (Badajoz), la muerte prematura de su padre propició el traslado de la familia a Madrid, cuando Dulce contaba once años de edad. Aunque muy pronto empezó a escribir, su caso es un tanto especial, puesto que no publicó su primera obra hasta el año 1992, a sus 38 años. Y se estrenó con un primer libro de poemas “Querrán ponerle nombre”, al que seguirían después otros dos poemarios: “Las palabras de la piedra” (1993) y “Contra el desprestigio de la altura” (1995). Dulce siempre confesó sentirse más cómoda componiendo poesía, porque la capacidad de sugerencia de este género la creía superior a los demás. Lo cierto es que, en ella, hace gala de un lenguaje dotado de una fuerza singular, intuitivo, libre y desgarrador. Sus poemas preludian la vibración de lo que luego sería su obsesión narrativa: dar voz a los personajes, regalándoles generosamente su palabra. En 1996 hizo su primera incursión pública en el campo de la novela: “Algún amor que no mate”, relato que inauguraba su trilogía sobre la incomunicación, la soledad en compañía y la huida como única alternativa al fracaso y el desamor. En ésta aborda el conflicto de una mujer maltratada y humillada , que sufre las consecuencias de un matrimonio desdichado. Con ella se reveló como una de la voces más interesantes de la narrativa castellana de los noventa. A ésta siguieron “Blanca vuela mañana” (1997) cuya protagonista busca hallar, infructuosamente, un amor verdadero que le permita crecer como persona, sin renunciar a ser ella misma. Y, finalmente,

“Háblame, musa, de aquel varón” (1998), relato que cierra esta trilogía y en el que traza una aguda metáfora sobre una sociedad dominada por la violencia machista y la intolerancia xenófoba.

En “Cielos de barro” (2000), ensaya otro tipo de novela, de intriga, en la que se investiga un crimen múltiple y la identidad de su autoría. Pero, sin duda, la novela con la que se consagró como una excelente narradora fue “La voz dormida” (2002), obra que, según la autora, “surgió de la necesidad personal de conocer la historia de España que nunca me contaron, aquella que fue censurada y silenciada”. Para ello se documentó e investigó durante más de cuatro años. Consultó con varios historiadores y, sobre todo, recogió muchos testimonios orales. El resultado fue este relato, mezcla de ficción y realidad, centrado en las historias de unas mujeres, protagonistas de la historia que nunca se reveló y cuyas voces silenciadas debían escucharse, en un ejercicio legítimo de recuperar una memoria olvidada y secuestrada. Con él, Dulce quiso rendir homenaje a las mujeres represaliadas por la dictadura franquista, aquellas que sufrieron el miedo, la tortura y la absoluta falta de libertad, y a quienes, al decir de la autora “se les mutiló la memoria, sin poder reclamar el derecho al recuerdo y el derecho al ser”.

Condenadas a la inexistencia, su historia es la de muchas otras personas, víctimas del odio fratricida de la guerra. Aun cuando las historias que cuenta se desenvuelven en un ambiente cruel y atroz , sin embargo no quiso destacar en ellas la amargura ni el horror, sino más bien la esperanza de unos seres valientes y solidarios que, ayudándose mutuamente, pudieron superar humillaciones ignominiosas.

Para Dulce escribir fue siempre una apuesta moral, un modo de encontrarle a la realidad un sentido. Movida por este espíritu, se comprometió decididamente con todas aquellas causas justas en las que creía. Y así, contribuyó con la fuerza de su palabra a la actividad pacifista de la Plataforma “Cultura contra la guerra” y fue una de las protagonistas de la manifestación contra la guerra de Irak, que tuvo lugar en Madrid, el año 2003, en la que leyó, junto a José Saramago, un manifiesto antibelicista. Se integró en la Plataforma de Mujeres artistas contra la violencia de género y prestó su voz a otras muchas iniciativas solidarias con los colectivos sociales más desfavorecidos.

¡Qué lástima de muerte tan temprana que acalló una de las voces más sólidas, lúcidas y vitales de la literatura castellana contemporánea, en la plenitud de su creación! Nos queda, sin embargo, su obra y su testimonio de una firme y constante defensa de la libertad, la igualdad y la justicia. Una coherente e inseparable unión entre la imaginación literaria y el compromiso personal, social y político.

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