Crítica es libertad

Dry Martini en Wimbledon

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Hace años un amigo mío trabajaba en la  recepción del Hotel del Almirante en el Puerto de Mahón.  El lugar y el trabajo era un buen observatorio para otear posibles piezas que gustan pillar a un joven de veinte años. El amigo me presentó a una chica británica con la cual entablé, digamos, amistad. Al cabo de unos meses viajé a la casa de sus padres. Aunque eran originarios de Irlanda vivían en Wimbledon, al sur de Londres. Eran  descendientes directos (mismo apellido) del gran poeta William Butler Yeats, Premio Nobel de Literatura que fue en 1923.

Aquella casa, situada en una zona “posh” (pija) londinense era una clásica residencia de la “upper middle class” británica y sus habitantes mostraban las características propias de su estilo. Al entrar en aquella casa era usual firmar en el libro de invitados y dedicar una frase a su hospitalidad. Un protocolo inicial. El resto era liberal.

Naturalmente los intereses de un joven mediterráneo en aquellos tiempos distaban de interesarse por la cultura literaria de aquella familia y se limitaban más bien a los gustos mundanos y  carnales más básicos.

En aquella casa los aperitivos,  basados esencialmente en el “Dry Martini”, eran una institución (“The first one is like a bite, the second one is a kiss, from the third merely routine” Dashiel Hamlet). Después de las comidas se aromatizaban las tardes con un buen Jerez mientras en las noches reinaba una cierta pasión por los destilados. Todo muy “british”, todo muy saludable (parece que estas inclinaciones, según demostró la Reina Madre, son la mejor forma de garantizarse una edad longeva).

El conservadurismo británico no surge únicamente de esa clase social, pero sí es su principal bastión. Hace unos días asistí a la proyección de “La dama de hierro” (pena no verla en v.o.), el ascenso y caída de Margaret Thatcher, una dama irrepetible para los británicos (y para el mundo). Su férreo carácter junto al de Reagan (y a Juan Pablo II) fueron determinantes para cambiar el espectro político de Occidente. Ella no era “posh” de nacimiento pero se desenvolvió bien en aquellos ambientes y llegó a liderar a los “tories”. Anuló privilegios abusivos, superó chantajes  y contagió el orgullo de ser británico (Malvinas) a un pueblo arrodillado ante la crisis que padecía su país. Una pena que nuestra X de los Gal no imitara a aquella mujer valiente que asumió como propios los hechos de Gibraltar (la ejecución sin más de los terroristas del IRA) con infinita mayor hombría que aquel que, cobarde camuflado, dejó que sus subalternos penaran por él. ¡En fin! Buena película (y maravillosa Streep) para descubrir o afianzarte en filosofías de vida.  En una época en que  todas las convicciones están supeditadas al cálculo de la conveniencia es muy gratificante recordar que no es inevitable que todos los políticos sean iguales.  

Por cierto, sabemos que el Dry Martini (“!Shaken, not stirred!” según James Bond) es una sabia combinación de ginebra y vermut que, adoctrinada con una piel de limón y un par de aceitunas (¡sin hueso, por favor!), se sirve en copa triangular muy fría. También es sabio no servirse más de tres o cuatro dosis en una misma sesión.

Notas: Buen “argumentario” de Simón Gornés (El Mundo 12/1) en defensa de su reforma de la Ley de la Función Pública. Ahora sólo falta que también defiendan nuestras modalidades lingüísticas.

- Gran espectáculo circense: dos genuinos misioneros de la hecatombe zapateril aterrizaron en Mahón. El PSOE menorquín dividido entre “rubalcabanistas” y “new andaluces olula-nianos”.

- Respeto por Antonio Alemany, quizás la mejor pluma política de Baleares. Aunque cobrar por trabajar no es delito será el Juez quien decidirá.

- El mejor lugar para un libro no es estar almacenado sino entre las manos de un lector. Felicidades a Maruja Baíllo.

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