Más sobre la historia del "Bandejat Zampacocas"

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Una vez que Inocente Pons tomó en mala hora la decisión de hacerse “bandejat”, fuerza era que le pasaran infinidad de aconteceres que no le habían pasado de haber seguido siendo simplemente un “l’amo de lloc”. Como sabía leer y escribir, los payeses vecinos le tenían buen predicamento, porque cuando era menester, les echaba una mano socorriendo ajenas ignorancias.

En qué hora se le ocurrió a Inocente Pons segar una “tanca de blat de mossèn Esquella”. Cómo hizo en esa industria mucho viso, le denunciaron y viendo éste el interés que le había tomado la justicia, le dio la “ventolera” de hacerse desertado. Ciertamente sin juntarse prácticamente nunca con aquéllos otros que asolaban por aquellos años de miseria y hambre, campos y cruces de caminos de Menorca.

Una mañana estaba Zampacocas (de esta suerte le motearon, porque Inocente Pons, cuando la cosa se ponía de buen poner, no se cortaba un pelo para meterse entrepecho y espalda una coca entera de un kilo de harina) apostado en un cruce de caminos en un paraje que le dicen Son Aparets. Antes se había pasado por Son Tari y por Son Marquet, donde “l’amo” le había dado un tazón de leche con sopas y un “monyaco as forn”. “L’amo” tenía “madona” y una “filla” muy guapa. Era mejor llevarse a bien con los “bandejats” y el “bandejat” Zampacocas, dicen quienes le vieron, que sólo de verla ya daba yuyu De eso se valía, porque luego era incapaz de hacerle daño a nadie. Aquel día andaba decidido a llenar la andorga, por eso, contra su prudencia se había apostado en aquel cruce de caminos,  a ver si regresaba algún “l’amo” de Ciutadella con algo de compra para llenar el buche. Y mira tú, que al pronto se le hizo presente uno que hacía carbón y que había salido de “bureo” por ver de hacerse con un conejo para arrimarlo a unas judías, harto de comerlas huérfanas. Por eso llevaba al hombro un escopetón al que bien se le podía confundir con el palo de un gallinero de la mierda que tenía. Nada más llegar a su altura el carbonero, Zampacocas le arrimó la navaja cabritera a la barriga, con aquel gesto le estaba “enseñando los papeles”, pero el carbonero tenía “los compañeros muy bien puestos”. En vez de amedrentarse, lo que hizo fue levantar la escopeta apuntándole en mitad de la nariz, y le dijo que tirase la “chaira” o le iban a tener que levantar del suelo como quién levante un “enderrossall”, y que le fuera dando lo que llevase encima. Como nada tenía que ofrecer más que el “monyaco” que le había dado el “l’amo” de Son Marquet, se lo sacó de la faja y se lo entregó al carbonero, y éste lo metió en el zurrón y se alejó como alma que lleva el diablo. Zampacocas pensó… bueno, al fin y al cabo es para otro que tiene tanta o más hambre que yo.

Otro día de los de mala fortuna, iba el “bandejat” Zampacocas a entrar en las casas de un cortijo para ver de que le socorriesen con algo de comida, cuando al pronto vio salir a los hombres del gobernador, que se llevaban preso a un jovenzuelo de 20 años, quizá menos. Según supo unos días después, el jovenzuelo estaba acusado de una muerte que hizo. Su madre iba detrás dando voces, “¡hijo mío, hijo mío, no te preocupes, que como no te has comido las olivas, no tienes que cagar los pites”, le decía (para una madre un hijo siempre es una buena persona). Pero el caso era que esta vez, aquel hijo que según su madre no se había comido las olivas y por eso no tenía que cagar los pites ¡vaya si se había comido las olivas, y tanto! Había matado a un “missatge” por un pleito sobre una estivada, que intentaron primero resolver a voces y al final el mozo, se hizo tan mala sangre que le atizó un estacazo tan en su sitio, que fue como darle el cloroformo.

Tres días más tarde de aquel suceso, Zampacocas estaba por el término de Ferreries, y acertó a tener un encuentro con una “madona”, que tenía la mujer la condición del tordo “la cara fina y el culo gordo”. Por tener tenía el “cul com una trona”. Se conoce que a “madona” le dio al pronto un apretón, se arremangó el delantal, la saya y el refajo, y se aplicó en la faena que le apremiaba, oculta tras una mata lentisquera, medio encastillada en la pared del camino, justo el mismo sitio y mata que le vino bien al “bandejat” Zampacocas por idéntico motivo que el de “madona”, que por cierto, se llevó ésta tal susto al verlo con aquellas trazas, que no sabía si taparse el culo o la cara, acertó a taparse con ambas mano la cara. Entonces Zampacocas le dijo: ¡Ave María Purísima! “¡Déu meu madona!”, por la cara no sé si acertaría yo a reconocerla, pero por el culo, ya le aseguro ahora mismo que no se me olvida.

Y otro día si eso, ya les cuento más del “bandejat” Zampacocas.

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