Xerradetes de Trepucó | Ca´n Burdó de Fornells

JUAN CASTELL CASTELL, LA TERCERA GENERACIÓN

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Juan Castell Castell, junto a su hijo, la cuarta generación de los Burdó. Pedro Castell Caules, sirviendo una caldera de langosta.

06-11-2015

El arriendo de la fonda Burdó, se llevó a cabo el 28 de enero de 1962. Dentro de breves semanas se cumplirán 50 años que Juan Castell Castell,  natural de Bunyola, se avenía a las cláusulas que le presentaba su suegro Antonio Caules, ambos ya fallecidos, para continuar en el negocio fundado en 1873.

Recién acabada la guerra española, Juan Castell empleado en una de las aserradoras más importantes de Mallorca, junto a un grupo de compatriotas suyos, fueron destinados a Menorca para talar el bosque de la finca de S’Albufera, propiedad del Comte de Torre Saura.

El trabajo se llevaba a cabo a base de “destral”, cargando los troncos en carros, conduciéndolos hacia el puerto de Fornells, donde eran arrojados al mar, recordando las películas del oeste americano. Un barco los cargaba conduciéndolos a Mallorca. Juan Castell era el encargado de la casa Moll compañía mallorquina, dedicada a ello.

Se instaló en la Fonda Burdó, lejos de pensar que en años venideros sería él junto aquella joven que iba y venía de la cocina al comedor, llamada Magdalena, hija mayor de Toni y Nin. La joven pareja se casaron a mediados de los cuarenta, instalándose en Ciutadella, donde regentó un aserradero. Muy pronto tuvieron un hijo, Pedro, el cual hoy, gracias a él, he podio ir conociendo datos muy interesantes de la familia.

¿Pedro, cuándo fuisteis a vivir con los abuelos?

Debió ser antes de 1959, con anterioridad los fines de semana mis padres ya les ayudaban en infinidad de ocasiones.

¿Recuerdas cuál era el plato preferido de tu abuelo, en Toni Burdó?
El arroz caldoso, elaborado por  “es suc” de una buena caldera de pescado de roca” .

¿Y de las aficiones de tu padre?
Infinidad, todas ellas relacionadas con la naturaleza. Era yo muy pequeño y me sentaba en su bici conduciéndome a “sa marina”, regresando con gran jolgorio con el cesto lleno de setas.

¿Qué recuerdas de la visita de clientes especiales?
En casa Burdó, jamás hubo clientes especiales, ni preferidos. La caldera siempre era la misma para unos y para otros. Sirviéndose del mismo modo, muy casero, tanto, que por el decir de los entendidos fue uno más de los puntos a favor, así lo corroboraron los delegados de Michelín. Al despedirse se dieron a conocer alabando la caldera, que según ellos jamás habían probado, convencidos de que era inigualable.

¿Qué sucedió con la visita del rey Juan Carlos y su familia, que por cierto cada cual explicó la historia a su manera?
Para mi padre, fue muy lamentable el no poderlos servir, su rectitud y su honradez profesional le hicieron seguir las pautas de la casa. “no podia despullar un sant per vestir-ne un altre”. Un mediodía del mes de agosto, llegó un señor para encargar mesa para aquella misma noche. La contestación fue que el comedor ya estaba lleno, entonces dijo que se trataba de su majestad junto a su familia, que aquella tarde llegarían al puerto de Fornells a bordo de su yate y, aconsejado por su padre y amigos que nos habían visitado en ocasiones, le recomendaban hiciera lo propio. La respuesta fue la misma. Primero porque no disponía de suficiente espacio en nuestro modesto comedor. Las reservas estaban hechas de hacía semanas, no era posible avisar a los clientes que aquella noche no podíamos atender sus demandas. Sintiéndolo en el alma, no se les pudo complacer. Lo más bonito de aquella reserva fue la actitud del emisario hacia mi padre haciéndole saber que lo felicitaba por su caballerosidad, añadiendo, “señor, tenga por seguro que su gesto será del agrado de su majestad”.

Tengo entendido que don Juan de Borbón padre de don Juan Carlos, se consideró un fiel cliente.
Efectivamente, mi abuelo le sirvió en infinidad de ocasiones. Hombre muy sencillo, de buen paladar, que disfrutaba repitiendo varias veces las tradicionales sopes torrades, que incluso el mismo no dudaba en servirse. Le encantaba. Era muy campechano.

¿Qué representó don Fernando Rubió para la familia Burdó?
Esto, familia. No podría decirte desde cuando era cliente. Toda la vida. Los últimos años disfrutaba comerla en su propio barco. Recuerdo que acompañaba a mi abuelo en la barca hasta la escalerilla donde bajaba un marinero para recoger la caldera que habíamos llevado con tanto cuidado, incluso en ocasiones subíamos a saludarlo.

Guideta, me gustaría anotaras de cuando se instalaban en Casa Burdó recordadas familias catalanas, convirtiéndose en entrañables amigos. El señor Cahué, Arístides, Martí Sansat, Abades. Los primeros ingleses, señores Morris, y tantos que lamentablemente no recuerdo sus nombres. Los fundadores de Sa Taula, consumados artistas, Arnoulf, Jordal. Los alayorenses, Carlos Salort, Estanislao Xuc, el farmacéutico Castell, los fabricantes Gomila, Pons Quintana, Timoner. De Ferreries, Jaume Mascaró, que al igual que los anteriores no dudaba en invitar a caldera siempre que recibía clientes peninsulares. Don Pedro Montañés, su socio don Juan Mir, los Codina, los Gardés, todos los empresarios bisuteros, especialmente España y su esposa. Es imposible citar los del resto de poblaciones, todos ellos incondicionales de la casa.

Otro de los episodios, que debería añadir, es el de los aviadores de Air France, con su ruta Francia-Alger. Se instalaban en el hotel y mi abuela les preparaba platos que, según ellos, eran muy exquisitos, a base de lo que llamaban caza. Perdius, cegues, conills, torts amb col, etc.

Alguien muy cercano a la familia me comentó que en vuestro restaurante se cerraron negocios muy importantes. ¿Qué hay de ello?
Efectivamente. Desde la venta de fincas que se convirtieron en urbanizaciones, entre ellas la del Arenal d’en Castell.

Durante una semana, servimos a un numeroso grupo de periodistas llegados de la Península y del extranjero con motivo de presentar en nuestro puerto de Fornells, el Simca 1000, modelo España. Desayunando, comiendo y cenando un equipo de más de cuarenta personas.

La familia March de Palma de Mallorca volaba directo a la isla para ir a casa Burdó. Mi abuelo sirvió al fundador, en Verga. Al llegar al Aeropuerto, un coche los conducía a Fornells. Después de comer hacían el mismo trayecto regresando a Mallorca. Al fundarse la Banca March, agasajó a todos sus empleados con caldera de langosta a la vez que siempre fuimos visitados por su director, Pedro Cardona, quedando como amigo de la casa, muy apreciado por todos.

Debo citar a los hermanos Sintes, Fernando y Gabino. Todas las pruebas de helados elaborados en La Menorquina se probaron por vez primera en nuestro comedor.
Otra curiosidad, la de un potentado francés, que tras llamar reservando mesa desde la capital del Sena, volaba hasta la Isla con su avión privado para comer caldera en casa Burdó.

En 1960, el NO-DO hizo un reportaje a mis abuelos, lamentando no disponer de una copia del mismo. Y así, podría explicar cantidad de anécdotas que es imposible continuar. Tan solo añadir que los años no perdonan, mis padres se volvieron mayores, mi padre falleció en 1981, tras haber intentado continuar la merecida fama adquirida.

En un principio pensé mantener el local como bar de copas. Dos años más tarde, decidimos cerrar las puertas de lo que fue el iniciador de un producto que dio a conocer la familia Burdo en 1873.

–––margarita.caules@gmail.com

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