Conversaciones con Roig

El anuario

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Te agradan las mañanas de Año Nuevo. Van a tu encuentro – y al de Roig– obsequiándote con un silencio inusual. Entonces salís a pasear en su compañía y con la de un sol que, aún a duras penas, puede colorear tan tempranamente la calle desierta. Siempre te sedujeron los silencios y, de éstos, sus viejos santuarios (bibliotecas, parroquias antes o después de misa, cines, teatros). Pero esos santuarios –los del silencio- han sido ya ultrajados, sacrílegamente, por la mala educación, por las huecas palabras, por los móviles inasequibles al desaliento… Las calles de Año Nuevo son, tal vez, los últimos… Mientras, la quietud juguetea con Roig que, extrañado, te mira con querencia y sorpresa.

- Son los restos de una liturgia laica –le explicas.

No te entiende. Pero tampoco le incomoda su ignorancia. Porque no la tiene. Su sabiduría se basa en escasos ejes. Por eso es tal: querer. A él le basta. Querer y sentirse querido… “Son los restos de una liturgia laica” (te repites). La de Fin de Año. Dan cuenta de ella los humedecidos papelitos de confeti aferrados a las aceras; los vasos de plástico olvidados; las botellas –y alguna que otra ilusión– rotas; los restos gástricos de los excesos… Ayer tocaba ser feliz. Hoy, la puesta en práctica de nuevos propósitos. Hoy toca, efectivamente, dejar de beber o de fumar o de ingerir colesterol en vena… En otro capítulo el “dejar de” se muda en un “comenzar a”. Comenzar un régimen, una vida... Y en eso que los anglosajones denominan “new year resolutions” tal vez se olviden otras necesidades, más anímicas, más sustanciales, más éticas… Llamar a quien se sigue sin llamar; perdonar a quien se sigue sin perdonar; reconciliarse con quien…

- Dejar de fumar es difícil… Y de beber –Roig-. Lo otro todavía lo es más…

Y Roig, felizmente recobrado ya de las últimas y amargas sombras que sobre su vida ha trazado una vejez que no ceja en su insano empeño, te mira con esos pequeños ojos que aún conservan toda su vivacidad. Dicen que la mirada es la única expresión sincera. La suya, sin duda. Siempre irradia bondad.

Ya de regreso, Roig se ovilla sobre el sofá. La mañana avanza. El silencio sobrevive. La calle sigue igual: intransitada. Con sabor a western. Con sabor a pueblo ante la inminencia de un duelo. Una calle que se le hace pequeña a esa única figura humana que la vivifica y a la que la calle, sí, la misma calle, se le está haciendo pequeña, insuficiente… Te sientas al lado de Roig y ojeas con calma el anuario del “Menorca”. Los conservas. Y percibes, no sin cierto desasosiego, que cada uno de ellos es resumen y compendio de todo un año. ¿Cuántos anuarios más podrás leer? Y al abrirlo, las hojas dejan de serlo y se mudan en pedazos de intrahistoria; en fragmentos de sucesos; en listados; en sombras y en luces… Algunas imágenes duelen. Unas porque se corresponden con personas que tuvieron la involuntaria descortesía de abandonarte o porque tienen su origen en el sectarismo, en la falta de diálogo y tolerancia; otras por la simple razón de que pudieron haber sido precisamente eso: otras. Muchas instantáneas te hablan de méritos. Las más, tal vez, de deméritos. Y sobre todas ellas pulula la sensación de que son inmutables, de que te confirman la irreversibilidad del pasado, de que es axiomático aquello de que “¡ay!, lo que fue y pudo haber sido!”.

La calle, hoy muda, inaugura la página uno del próximo anuario. Y te preguntas si aparecerán héroes que esbocen un magnífico 2012. Si surgirá una especie de nuevo “Capitán Trueno” que devuelva la independencia al poder judicial; que abra listas electorales; que exija la primacía de la conciencia sobre la disciplina de partido; que vomite la evidencia de que el aborto no deja de ser un genocidio por el hecho de ser invisible y silente… O tal vez un Jabato que cierre un tullido Senado; que os exija que no continuéis tirando por la calle de en medio; que recuerde a los políticos que están ahí para servir y no para ser servidos; que el dinero público sí es de alguien; que tenéis que entenderos de una puñetera vez; que laicismo no es anticlericalismo; que argumentos, sí, vísceras no; que hubo una guerra y que “hubo” es pretérito; que… ¿Dónde estarán, sí, los héroes que forjarán un anuario 2012 mejor? ¿Quiénes protagonizarán las páginas de “nacional” e “internacional” del próximo compendio? ¿Qué pintores, con hechos, que no palabras, dibujarán un óptimo lienzo? ¿Los habrá? ¿O tendréis que conformaros con las iteradas imágenes de las situaciones y de los dramas de siempre, tan parecidas, sí, a las de los anuarios anteriores?

- Puede, Roig, que ya no queden héroes, sólo corruptos, cobardes, advenedizos, chaqueteros, incompetentes, fanáticos, radicales, miserables, egoístas, mentirosos, truhanes…

Pero Roig es optimista. E, incomprensiblemente, confía en el hombre. Tal vez porque lo piensa hecho a su imagen y semejanza. A Roig le gustaría el viejo aserto machadiano y noventayochista de “el presente es malo, pero el futuro es mío” o el concepto unamuniano de la intrahistoria…

- ¿Y si empezarais por las páginas de “local” o, mejor aún, por las de vuestro diario personal? –te inquiere.

Roig no apuesta por los héroes. Tal vez porque no ha leído jamás un tebeo. O, mejor aún, porque tiene la certeza de que ni los políticos, ni los militares, ni los falsos moralistas, ni las ideologías os salvarán. Qué únicamente podéis salvaros a vosotros mismos. Que puede que todo empiece con algunas reformas personales e íntimas… Que la solución pase por ser mejores empresarios, mejores vecinos, mejores ciudadanos, mejores hermanos, mejores hijos, mejores… Que todo dependa de una suma más que de una probabilidad…

- Es un buen día para recomenzar –te insinúa.

- Cualquier día es bueno, Roig, cualquiera…

Roig se ovilla de nuevo. Te acercas al ventanal y observas a ese chico de unos trece años al que la calle no le alcanza. Cogido a una botella de cerveza “celebra” la amanecida. Un coche roza su cuerpo. Un milagro se produce. Él, niño metido prematuramente a hombre, podría haber sido la primera imagen, trágica, del próximo anuario… Y viéndolo, bajo el silencio que se empecina hoy en su inmutabilidad, te preguntas si, tal vez, la cosa no empiece, por ejemplo, por preguntarse qué carajo estarán haciendo sus padres mientras su hijo bordea un coma, mientras su hijo corteja la muerte…

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