El faro de Alejandría

La perversión del lenguaje

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Dicen algunos castellano-parlantes, pensantes... y militantes, que el idioma de Cervantes está en peligro debido a la presión de otras lenguas del Estado, que le propinan de todo menos lametones. Es una polémica que me aburre, igual que su contraria. Con todo, los castellano-defendientes olvidan un flanco que afecta a la propia lengua y que trabaja, precisamente, hacia su desaparición. Es lo que el sociólogo Amando de Miguel llamó hace ya mucho “la perversión del lenguaje” en un magnífico ensayo suyo y que yo sigo suscribiendo, porque el problema, lejos de desaparecer, se ha agravado. Me refiero a esas gilipolleces cuyo número ha ido in crescendo logarítmicamente en la lengua de Castilla, fruto de la labor conjunta de políticos, politólogos, periodistas, abogados, economistas, publicitarios y escribidores (que no es lo mismo que escritores). Desde los medios, se nos tiene acostumbrados desde hace tiempo a un lenguaje críptico que se contagia al común de los mortales empobreciendo el idioma. Pongamos un ejemplo: tratemos de describir en una novela cómo ha pasado el día una persona común, tal como hizo magistralmente James Joyce con Leopold Bloom en el “Ulises” (tan magistralmente que no hay nadie que lo entienda. Me presentaron una vez al hispanista-lorquista Ian Gibson, irlandés de pro, y me comentó que ni él mismo entendía ni papa de la obra cumbre del genio de Dublín).

Así pues, si en un diálogo novelado, un autor influido por las corrientes actuales del lenguaje común, le preguntara al protagonista ¿qué has hecho hoy? Podría aquel contestar perfectamente de esta guisa: “Me levanté temprano. Como noté síntomas de hipotermia, me tomé un antitusivo y un mucolítico. Después me afeité con una maquinilla de cabezal basculante y me refresqué la cara con una fragancia de esas que huelen en inglés, desayuné y me lavé los dientes con un cepillo oscilante rotacional de última generación. Salí y me fui a mi director de moda a probarme un traje de alpaca y luego al estilista; poca cosa: lavar y marcar. Después me di una vuelta por el centro de Mahón, que está muy animado desde que lo dinamizan y eso que en invierno no hay trenecito con banderas al viento. Ahora éstas “lusen bonito” en lo alto de la Sala en tamaño familiar. La Sala, que más que un Ayuntamiento parece un Palacio de Congresos y Exposiciones. Al pasar por delante del American alguien comentó cerca de mí que el nuevo equipo de gobierno municipal había “belenizado” la Navidad en la emblemática plaza de la Constitución y otro le dijo que estaba sobredimensionando el problema.

Vi por la calle a muchos mahoneses con h, maoneses sin h, ciudadanos magrebíes, con papeles o sin ellos, “subsaharianos” de lo mismo, y un conglomerado de habitantes de muchas naciones más, todos con la carpetita de gomas comprada en can Manent. Por cierto: en la esquina con la Ravaleta casi me tropiezo con un invidente. Junto a él un disminuido psíquico hablaba solo.

Luego fui a comer al “laboratorio” de la enésima fotocopia de Ferran Adrià en cutre, donde el restaurador me preparó unas “texturas marinadas y caramelizadas, enriquecidas con vegetales” en un plato cuadrado enorme salpicado de chocolate con cuatro cagaditas en el centro que era todo lo que podía comerse. De postre pedí “tarta texturizada con arándanos” (las texturas que no falten) y el camarero me dijo: ¿se la flambeo? ¿Me flambeas el qué? –contesté- ¿es que me estás tomando por el instrumento sonoro de un guardia nocturno?

En el comedor estaba puesta la tele, donde salía un político nacionalista, hablando de lo suyo “a nivel de país” y diciendo que “el proceso autonómico de su comunidad había sido “disfuncional y asimétrico” y que su partido, que estaba en periodo precongresual, iba a tomar medidas (¡marchando otra de sastre!); otro, claramente de derechas, hablaba de “crecimiento negativo”, mientras que uno de izquierdas (pero nada claramente) lo llamaba “descendimiento positivo”; un empresario aseguraba que “a los emprendedores les estaban demonizando” y un sindicalista se quejaba de que “se estaba precarizando a los trabajadores y trabajadoras de este país con la flexibilización de plantillas”. En el capítulo de sucesos, vimos el ya cotidiano asesinato en el entorno familiar, la excarcelación por los bomberos de un accidentado de coche y el desapalancamiento de una familia que no había podido pagar la hipoteca del piso.

No entiendo nada.

Dicen unos que al idioma castellano lo están matando, pero se va a morir solito con tanto papanatas. Yo que amo las palabras y lo profundo que ellas contienen en cualquier idioma, pero preferentemente en el mío que es el castellano (y que es lo único castellano que tengo), no me gustaría asistir a un velatorio de mi lengua materna en el “patio de los callaos”, que es como llaman los andaluces al cementerio.

¡Ah! Subida de las pensiones + subida del IRPF= bajada de las pensiones.

Verdaderamente estamos en crisis. Lo único bueno de lo que me he enterado estos días, gracias al mensaje de un amable comunicante, es que en una famosa pastelería de Alayor siguen haciendo el “57” “como Dios manda”. Habrá que acercarse.

La ola, viene la ola, y si no al tiempo.

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