Desahogos

Maldita depresión

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Marga Vives
Andrea tiene 40 años, dos hijos -uno de ellos adolescente-, varias sesiones de "quimio" a sus espaldas, un pecho por reconstruir y un bono para muchos años de vida recobrada. En casa viven de un sueldo y de la ayuda por incapacidad temporal de ella. Hasta hoy. Ayer el marido, cuarenta y tantos años, supo que a finales de mes su empresa cerrará. Se lo soltaron así, de golpe. Sin red ni anestesia. Hace poco se permitían fantasear con la idea de contraer una hipoteca, como casi todo hijo de vecino. Ahora no saben cómo pagarán el alquiler y las facturas. Andrea va embutiendo en su extenuada cabeza todos los números que no cuadran sobre el papel. Echa cuentas, pero no hay mucho que sumar cuando el apaño no llega. La propia Andrea y su familia se han convertido en pura cifra que engrosa una siniestra estadística y que lacera al optimista más recalcitrante. Son la metamorfosis sin aditivos de una clase media antes bienestante, por culpa de una crisis formidable y silenciosa que se nos ha instalado en el tuétano y que pudre el sistema por dentro. ¿Quién mueve los hilos de esta maldita depresión? Mal presagio anuncian la codiciosa prudencia de los bancos, el repliegue de velas deslocalizador de las multinacionales y la asfixia financiera de las pequeñas y medianas empresas a las que no queda otra que echar el cerrojo. Cierra El Caserío y a las "pymes" no les fían. Como para consumir está el patio.

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