Desahogos

Muñecos rotos

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Nunca vista

Marga Vives
Por la autopista cibernauta circulan mensajes de denuncia del genocidio en Gaza cuya explicitud, aunque discutible, no podría ser más rotunda. La epístola electrónica se compone de un mosaico de fotografías en las que la muerte golpea con toda su crueldad. Los niños protagonizan esta danza macabra de imágenes.
La visión de esa secuencia despelleja el alma. La deja en carne viva. La paraliza. Cuesta extirpar de la conciencia la presencia de esos pobres muñecos aprisionados entre cascotes, masacrados, desfigurados a fuerza de bomba, de fuego y de metralla, que fueron tan lindos en vida, preciados como un tesoro delicado, como el mayor de los regalos, a quienes acunaron con cuidado al nacer y envolvieron con mimo en pañales. Pienso en las madres y en los padres de Gaza. En la desesperación infinita y el horror lacerante de no poder procurar a sus hijos la confortable sensación de protección y seguridad que garantiza una familia, un hogar.

Los humanos somos frágiles y autodestructivos. Con frecuencia nos mueve la ira. Todo nos molesta; nos incomoda la discrepancia, la diferencia. Estamos desaprendiendo tantas cosas. A tolerar, a convivir, a respetar. Y el mundo se vuelve un poco menos habitable cada día. ¿Qué aprenderán nuestros hijos de esta Humanidad que anda tan vacía de autoestima que necesita hallar sus fortalezas en la debilidad del otro?

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