Apuntes patagónico-bonaerenses

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Nunca vista

Pedro J. Bosch
Por qué irse a la Patagonia para celebrar el doble evento de un par de amigos, tan poco relevante como cumplir determinado número de años? Esto me lo planteo ahora, después de un viaje de quince días por tierras argentinas y chilenas, hasta la extremosidad de pisar el mítico Cabo de Hornos bajo un viento que haría palidecer a cualquier mitómano de nuestra identitaria tramontana. Dejé constancia de ello en el libro de firmas del Faro con un texto más o menos así: "En Menorca sopla la tramontana, aquí aúlla el viento". Pero el texto relevante es el de la poetisa Sara Vial que acompaña al monumento al albatros en aquella remota e inhóspita isla, en homenaje a los hombres de mar que perdieron su vida en el cruce del Cabo de Hornos:

Soy el albatros que te espera al fin del mundo.
Soy el alma olvidada de los marinos
muertos que cruzaron el Cabo de Hornos
desde todos los mares de la tierra.
Pero ellos no murieron en las furiosas olas.
Hoy vuelan en mis alas, hacia la eternidad, en la última
grieta de los vientos antárticos.

Pero suelo disfrutar más de los viajes una vez realizados, ya en la confortable seguridad del hogar, bajo la atenta mirada de mis perros (tan importantes en este periplo, como se verá más adelante), revisando apuntes, lecturas y fotografías, por este orden. Es entonces cuando paladeas verdaderamente las peculiares experiencias vividas, las risas compartidas, los suntuosos paisajes contemplados, las delicias gastronómicas autóctonas, sin el incordio de las molestias inherentes a tan largo desplazamiento (a determinadas edades, cualquier ausencia de casa superior a una semana es una temeridad: me he prometido a mí mismo que será la última, aunque no me hago mucho caso).

¿Por qué insisto, por otro lado, en ir, volver a Argentina? He pensado sobre ello pero creo que vuelvo por su música. Y lo escribo en cursiva porque no me refiero exclusivamente al inefable tango y a las melancólicas milongas, que escuchamos de nuevo en nuestra última noche bonaerense (Librería Clásica y Moderna, Callao 892), sino a la musicalidad de las voces de la calle, las hermosas palabras que nosotros hemos perdido ( "se enojó" en lugar del catastrófico "cabrearse", " me sentí liviano"?). Ellos siguen hablando increíblemente bien el castellano, y saben articular un discurso coherente sobre fútbol o política (mis pasiones), en lugar de endosarte la consabida jaculatoria apocalíptica o el lenguaje balbuciente ("guay", "super" "flipar",etc) que se estila por aquí.

Pero eso no es todo, están sus increíbles y lujuriosas librerías (¡Ay, el Ateno Grand Esplendid, tan cerca de la Librería Clásica y Moderna, en el cruce con Santa Fe!), y las de la calle Corrientes, abiertas hasta la madrugada, sus innumerables teatros en la misma calle (la indisposición de Nacha Guevara nos impidió ver "Evita", pero nos conformamos con Yasmina Reza y sus "Conservaciones después de un entierro" que, aunque lejos de la chispa de su aclamada "Arte", no carece de fina ironía con su planteamiento de las concomitancias entre Eros y Tánatos), sus tanguerías (especialmente recomendable "El Querantí"), la desmesura de sus avenidas, los incomparables helados de "Fredo", los "limoncelos" de "La Biela", los dulces de leche, los alfajores?

Pero de todo eso ya escribí hace tres años en estas mismas páginas. Vayamos a la Patagonia, a Tierra del Fuego, sus vientos estremecedores, su agreste paisaje, su variopinta fauna, desde el inocente guanaco (llama andina) a los majestuosos pero inquietantes cóndores, siempre al acecho, los más simpáticos cormoranes en las escarpadas laderas de los fiordos, la misteriosa y sibilina presencia ( virtual en nuestro caso, no hubo suerte) del puma. Y qué decir de su peculiar flora, con bosques de lengas y guindos, auténticos árboles barbudos (barbas de viejo, así llaman a una especie de limo grisáceo que se adhiere a sus troncos), que ostentan unas extrañas colgaduras chinas que, al igual que unas abollonaduras (pan de indio), son en realidad parásitos que diezman sus bosques, tanto como la larga mano de los ganaderos en busca de pastos. Entre árboles "barbudos", troncos muertos y el característico calafate, un arbusto que da unos pequeños frutos morados, justificadamente apreciados, el paisaje patagónico es inconfundible, además de cautivador.

Poco que apostillar a la impactante cercanía del gigantesco glaciar del Perito Moreno, el rumor de su digestión acuosa, sus ruidosos eructos, sus rugidos al desprenderse bloques de hielo. Menos conocido es el macizo montañoso de las llamadas Torres del Paine, en la Patagonia chilena, donde soberbios picos montañosos entrelazados armoniosamente con torres graníticas conforman un skyline de singular belleza. Allí, en el magnífico parque natural que las circunda, los arriscados exploradores menorquines se dieron de bruces con el descarado plagio del monumento al caballo de Ciutadella, y tras el ineludible Allà va! de desagravio, entonamos, mano en el pecho, Un senyor damunt un ruc, ante la atenta mirada del milodón, un oso antediluviano, cuya cueva merece la pena visitarse. La autoridad competente, civil o militar, en Ciutadella, no sé cómo estarán las cosas, debería actuar?

Pero no hay belleza sin su rastro de fealdad. La Patagonia, argentina, chilena, patrimonio de la humanidad embriaga por sus contrastes y desmesuras, por su flora y su fauna, por la impagable sensación de sentirte en el fin del mundo, pero no puedo despedirme de ella sin mencionar el macabro, sí, macabro, espectáculo de sus legiones de perros abandonados que deambulan por las calles de Puerto Natales o El Calafate, sucios, tullidos, con una aterradora mirada de insondable tristeza. Tras haber repartido pelleringos sobrantes de la cena, logré conciliar el sueño abrazado espiritualmente a mis westties, compungido una vez más por la peculiar e intransferible crueldad de los humanos.

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