El rastrillo

El emblema de la discordia

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Mercè Pons
Ya no hay más que hablar. Alaior ya ha elegido. No hay vuelta atrás. Dentro de poco, llegar al pueblo y leer aquello de "Alaior, ciutat industrial i universitària" que tanto ha dado que comentar entre los pueblos vecinos, pasará a segundo lugar para dar paso al monumento ciclópeo y mítico en que un 'drac' esperpéntico va a conversar con la tradición industrial para darnos la bienvenida.

Tan simple hecho como escoger una escultura, ha dado tanto de qué parlotear hasta conseguir imponerse como un importantísimo tema de vida o muerte. Algunos han criticado el exagerado presupuesto, de 40.000 euros, en momentos en que el globo de la economía está perdiendo fuelle. Otros, apasionados por el arte en su máxima expresión, han defendido a sol y sombra tan agradable iniciativa. Mientras los políticos han aprovechado el acontecimiento para tirarse los trastos a la cabeza, el pueblo también ha indagado sobre qué monumento iba a definirse como el máximo símbolo de identidad después de cientos de años sin entradas carismáticas ni monumentos a elogiar. Preguntarse si se habrá elegido lo correcto o cuestionarse si uno tendría que haber votado, no fuera que se decidiera la más horrenda, han dado lugar a muchos corrillos callejeros. Por todo ello no sé si esta monumental iniciativa será el anagrama identificativo de la ciudad, aunque es seguro que pasará a la posteridad como el emblema de la disconformidad.

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