Caos en Barajas: me pilló

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Nunca vista

José L. Terrón Ponce
Llevaba unos días en Madrid. Después de disfrutar de la calidad de vida de Menorca, una semanita de polución no viene mal. Me disponía a regresar a la hermosa calma (a veces también patética) de mi querida isla y, saliendo por la puerta (9:00 a.m.) vi cómo caían unos copos de nieve como puños. Malo -pensé- si cuaja en el centro como está cuajando, las pistas de Barajas... Sin embargo me dije: "Seguro que esa ministra con nombre de bollo de desayuno ya está moviendo hilos para solucionarlo, así que para qué preocuparse".

Y si no, la Esperanza (Aguirre, quiero decir).

Cogí un taxi y todo muy bien (y muy blanco) hasta la calle Velázquez. Allí no me quedó más remedio que recordar las primeras palabras del Génesis "Y al principio fue el caos". Total: abandono del taxi después de pagar lo que marcaba el taxímetro (porque, saben, en Madrid los taxis llevan taxímetro) y Metro al canto, donde el caos era parecido pero los trenes circulaban (lo hicieron hasta que la línea de Barajas se colapsó también más tarde; ni siquiera en Metro se podía entrar o salir del aeropuerto a mediodía.

Llegada a Barajas. Todo normal en los paneles. En los paneles sí, pero en las pistas ni un avión. La cosa empezaba a ponerse fea pero, claro, como se supone que debes fiarte de los paneles...

Control de pasajeros 10:00 a.m. No sé por qué pero cada vez que vuelo, en el control me encuentro al mismo vigilante. En general la mayoría son amables y te llaman "caballero", como ahora les ha dado a los jóvenes por llamarnos a "las personas mayores". Éste, el antedicho, también te llama caballero pero lo hace en tono agresivo. A mí me tiene especial manía y cada vez que me ve (que suele ser una vez al mes) me cachea con contundencia y me hace quitar las botas. Es una especie de cruce entre búlgaro de discoteca y africanista chulesco. Sin embargo esta vez no le salió la jugada, porque iba preparado. Me había procurado una gasa larga que me sirvió de cabestrillo y cuando se fue a por mis botas, le dije que si por favor me podía quitármelas él porque andaba impedido. No le gustó nada pasar de humillador a humillado y me dejó pasar por las buenas, arriesgándose a que yo escondiera bajo el calcañar una navaja albaceteña de siete muelles.  

Mostrador de información 10:30 am. A esa hora el caos ya era evidente en la terminal aeroportuaria. La gente se agolpaba pidiendo información. Entre la multitud siempre destaca algún "bocas" que chilla más que nadie, no dice más que incoherencias y acaba yéndose con el rabo entre las piernas.

Como el resto.

Debo decir que los azafatos/azafatas de tierra se comportaron con cordura y equilibrio. Ninguno/ninguna perdió los nervios/nervias. Una de ellas, que tenía mucho piquito, consiguió calmar a la gente con su voz llena de autoridad y sentido común. Nada más lejos del histerismo de las de antaño ante un problema semejante, cuando la profesión estaba dominada (en muchos casos, no en todos) por la pijería de las que Matías Prats (padre) con esa voz empalagosa suya, llamaba "aeromozas".  Aún queda alguna, son esas que cuando les preguntas si saldrá el avión, en vez de contestarte simplemente "no", te dicen "o sea, para nada". Sin embargo ahora, en la mayoría de los casos, los puestos de ventanilla o mostrador están ocupados por gentes del pueblo llano, tanto españoles como dignísimos emigrantes latinos o eso que ahora se llaman subsaharianos. Son mileuristas amables, que saben lo que es tener problemas; que se ponen en lugar de la gente. La verdad, me sentí arropado por ellos. No así por las autoridades en toda la cadena de mando técnica o política, que los dejaron inermes para enfrentarse al público indignado, sin disponer de las armas tranquilizadoras de la información.

3:00 p.m. Llega el Séptimo de Caballería. A esa hora el caos en Barajas ya era total. Miro por la ventana hacia las pistas y veo algunos aviones en los que van saliendo maletas de sus bodegas abiertas, por unas cintas transportadoras. Parecía como si estuvieran rebobinando una cinta de vídeo; el mundo al revés. De repente la Unidad Militar de Emergencia hizo su aparición en las pistas y empezó a limpiarlas. Eran las tres de la tarde y por primera vez se veía algún tipo de reacción. Me dije: "Calma", y me fui a comer después de haberme asegurado cama para esa noche en la ciudad, no fuera que las cosas no mejoraran. Además al día siguiente sábado no había vuelo a Menorca.

5:00 p.m. Un milagro. A esa hora se dio salida al avión de Menorca. Uno de los pocos que volaron ese día nefasto. Para que luego digan que a los menorquines nos tienen abandonados.

Antes de despegar el avión y ya en la cabecera de pista, nos dieron una ducha de agua caliente para eliminar el hielo acumulado en el fuselaje y ¡hala! a volar. Pronto salimos por encima de aquel mar de nubes y el espectáculo devino hermoso y tranquilizador. Al este una luna llena recortándose en el cielo azul; al oeste un sol poniente doraba las ventanillas y la ausencia de precipitaciones auguraba un viaje tranquilo. Se hizo de noche. A mi izquierda y abajo brillaban las luces de Zaragoza, luego en un plis plas las de Palma y antes de las seis desembarcamos en Mahón sin más incidentes. La pesadilla se desvanecía poco a poco con los olores, sabores y tactos de esta pequeña, íntima y mía, patria mía.

Finis coronat opus.
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