La nevada

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Nunca vista

José María Pons Muñoz
La gente de campo, por estos pagos, nada más ver que empiezan a caer cuatro copos, dicen: "año  de nieves, año de bienes", porque parece ser que la nieve oxigena la sementera al ir fundiéndose poquito a poco. Pero como somos de un mal conformar, nunca llueve a gusto de todos, ni tampoco por eso, cuando nieva, lo hace a gusto de todos. Ahora mismo les digo que, por lo menos, para uno que me encontré en el hospital al otro día de la gran nevada, que pisó el hombre una placa de hielo, y se mancó una pierna, no.

Recuerdo que cuando me vine a vivir a Madrid, y de eso hace ya la tira, nevó un par de veces, y además en cantidad. Porque nevar, lo que se dice nevar, yo lo había visto sólo una vez de niño, un año que en Menorca, y mayormente en Ciutadella, cayó una nevada que nada tenía que envidiar a las que suelen caer todos los años por Guadalajara, Burgos, Ávila, o en las altas formaciones montañosas de nuestras cordilleras, donde cuando le da por nevar, no lo deja hasta dejar a los pueblos de siempre incomunicados, a veces para más de un par de semanas. Bueno, pues aquel año de mi llegada al centro de la península, una de las dos nevadas de aquel invierno fue tan grande que la gente decía que no recordaban otra en lo que iba de siglo.

El viernes 9-1-09, en la zona donde el escribidor vive, cayó una de esas nevadas de las que la gente asegura que es la más grande del siglo. El día siguiente, sábado, medí la altura de la nieve: 17 cm., y en algunas zonas donde se había arremolinado por el aire el albar meteoro, llegaba a los 30 cm. Más que suficiente para que se organizara, en cuestión de escasas horas, un monumental desbarajuste en el aeropuerto de Barajas, donde apenas había nevado, pero no así en las carreteras de acceso, carreteras cerradas en sitios tan inusuales de estas penurias, como la N-II a la altura de Meco o Torija, en la provincia de Guadalajara. La información meteorológica no había avisado de semejante temporal en las provincias de Madrid o Guadalajara. Y es que a veces, la naturaleza, recuerda que todo lo que el humano cree saber sobre sus manifestaciones, no sirve para predecir éste o aquel fenómeno, sea este meteoro lluvia, pedrisco o nieve. Si las condiciones se ponen de buen poner, la meteorología que el hombre sabe va por un lado, y la que practica la naturaleza, va por otro. Tres días después de la nieve que cayó entre el viernes y la noche siguiente, ésta se congeló, que es cuando realmente se pone muy peligrosa, al convertir las calles y carreteras en pistas de patinaje.

En algunos pueblos del centro peninsular, tengo visto lo que en tiempos se llamaba "un pozo de nieve", ingenio que no era otra cosa que un agujero excavado en la tierra, de unos 3 ó 4 metros de circunferencia, y una altura entre 7 y 9 metros. Ahí almacenaban, acarreándola con caballerías, toneladas de nieve, que apisonaban con pesados rulos de piedra, amontonándola y apisonándola a medida que iban echando carretadas de nieve. Esa gigantesca nevera podía durar muchos meses, incluso de un año para otro. Era donde el común del pueblo mantenía en fresco algunos productos que, sin el frío, se malbaratan con rapidez.
Recuerdo algunas nevadas que, a lo largo de los año, por una cosa o por otra, me han quedado impresas en el disco duro de mis vivencias, y  no porque las haya disfrutado, porque jamás he ido a esquiar, si no porque las he padecido en mis trashumancias por estas tierras, que aún, a dios gracias, no he parado de recorrer del todo.

En la apertura de la veda de la trucha del año 1985, andaba yo pescando en el pantano del vado. Era una mañana de marzo, con un cielo gris de panza burra, en las inmediaciones del Pico Ocejón, en la provincia de Guadalajara. Recuerdo que hacía un frío polar. Al darle al carrete para recuperar la cucharilla, el agua que se iba quedando en las anillas de la caña, se helaba inmediatamente, y a los tres o cuatro lances, la anilla más pequeña del puntal, se cegaba, y tenía que limpiarla para seguir pescando. De pronto se puso a nevar como si el cielo hubiera abierto unas compuertas, y de ellas cayera la nieve a paletadas. En menos de 15 minutos, todo estaba blanco, la vereda por la que había bajado al pantano había desaparecido. No se veía a cuatro metros, y los bultos blancos que encontraba, no sabía si eran una mata, una roca, o qué cosa eran. Tuve la suerte que uno de aquellos bultos que iba tocando, fuera mi coche, y que la nieve recién caída no me impedía conducir. El impedimento, mayormente, fue que no había carretera y que no tenía visibilidad. Poquito a poco, fui saliendo, no sin pánico, hasta conseguir llegar a la carretera comarcal. Pasé la de dios es cristo. Otras nevadas tengo vividas, que no se me olvidarán, ni aún perdiendo la memoria. Sobre todo una, en Reyes, en pleno desfiladero de los Bellos. Tardé casi una mañana en recorrer el desfiladero, y recuerdo que después de mi coche, la guardia civil cerró el paso a cualquier otro vehículo. Cuando llegué a León, una pareja de la guardia civil me dio el alto para preguntarme qué  tal lo había pasado. Sólo les dije: inolvidable. 

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