El turismo y la historia que se puede ver

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Juan Hernández Andreu catedrático UCM i miembro del IME
Es probable que la economía menorquina no sufra la actual crisis con la misma intensidad que en otras áreas del Estado, pero a mi juicio más que ante una crisis, en España estamos ante el desmoronamiento de todo un sistema, para llamarle de algún modo a este "orden" económico. La situación requiere medidas estructurales que esperemos tengan efectos positivos, por lo menos a medio plazo; también se requieren otras intervenciones para aliviar efectos lamentables en el día a día, como la galopante travesía de pérdidas de empleo que sufren multitud de personas y familias.

Es evidente que las autoridades menorquinas no pueden intervenir en la situación monetaria y la crisis financiera les viene dada, como a la inmensa mayoría de ciudadanos; pero, conforme escribí en otras ocasiones, las administraciones insulares sí son competentes en apoyar una política de oferta para hacer frente a las circunstancias económicas difíciles, presentes y por llegar, con la concurrencia del resto de menorquines, conforme sus atribuciones y posibilidades.

Celebro que de la entrevista a la Consellera insular de Economía, Sra. Allés, publicada en este diario, se desprenda, dentro de un conjunto muy amplio de declaraciones y respuestas a múltiples preguntas, su acertada convicción en la importancia clave del turismo cultural, sin excluir el cometido del resto de actividades económicas; pero, añado, siempre que sean actividades competitivas y generadoras de renta, es decir, rentables para los menorquines. Con todo, pienso es necesario profundizar en los diagnósticos y, en su caso, en las soluciones terapéuticas: Medidas innovadoras de oferta. Conforme la Ley de Say: "Toda oferta crea su propia demanda" (lo cual alcanzaría al transporte aéreo, aunque para esto se requieran, además, específicas negociaciones a varias bandas, no sólo con el gobierno del Estado).

Por ejemplo, en cuanto a las ayudas financieras anunciadas desde las arcas centrales a todos los municipios españoles, en Menorca tendrían estas ayudas que aprovecharse para invertir en mejora de infraestructuras y cubrir un sin fin de exigencias latentes y de necesidades sociales que no admiten demora, siendo ello competencia exclusiva de las administraciones públicas. Un punto importantísimo en el que convendría ir más lejos: Mejorar los términos de la oferta de monumentos y yacimientos arqueológicos en toda la isla.

La Consellera nos viene a decir, de modo reiterado, en dicha entrevista, que la agricultura menorquina es un activo preservador del paisaje insular. Totalmente de acuerdo, pero este valor sugiero se enlace con "la historia que se puede ver", según nos recordó en su día J. Hernández Mora (Rev. de Menorca, 1963), es decir, el patrimonio monumental de Menorca. En este sentido me permito citar un trabajo de Margarita Orfila, que acaba de publicarse en el flamante número de la Revista de Menorca dedicado a la efemérides de lo que fue la pasada celebración del centenario de nuestro querido Ateneo de Maó (Revista de Menorca. Ateneu Cent Anys, 1905-2005, Tomo 89, 2005-2006, número que requeriría un comentario general y recomiendo su consulta).

El artículo de M. Orfila contiene interesantes enseñanzas, al menos de síntesis actualizada, sobre la evolución de la arqueología en Menorca, en su devenir histórico e historiográfico, aunque también es didáctico para obtener ventaja en la aplicación de su contenido para mostrar los monumentos arqueológicos en toda la isla. Así, señala que el célebre romanista, Theodor Mommsen, maestro de Max Weber, dirigió el estudio de las inscripciones del Imperio romano en Baleares y concretamente en Menorca (1892); acredita que Francisco Hernández Sanz fue el promotor de la Arqueología en la isla; da cuenta de la existencia de una parte de la Colección A. Vives Escudero en el Arqueológico Nacional de Madrid, otra en la Hispanic Society of America de Nueva York y, por supuesto, otra en el Museo de Menorca; recuerda que J. Hernández Mora publicó una serie de trabajos bajo el título "Menorca prehistórica", en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, de Madrid, entre 1922 y 1923. Resulta interesante que en 1759 se descubriera en Mahón una escultura de la cabeza de Tiberio en bronce, que se conserva en París en la Bibliothèque Nationale de France-Départament des Monnaies, Médailles et Antiques, la cual fue objeto de un estudio por Hinks, publicado en The Journal of Roman Studies, de Londres.

Para los expertos aquellos extremos, junto a otros que se aducen, puede que sean conocidos, pero a los visitantes de Menorca no se les puede hurtar estas y otras muchas informaciones al respecto, puesto que actúan de reclamo en aras de brindar interés por la visita de tantos monumentos y obras de arte prehistóricas y de protohistoria que alberga la isla. Es aleccionador que los años de 1930 fueran un punto de partida para el turismo cultural de Menorca (en 1932 se creó Fomento de Turismo y en ese año llegaron a la isla Hans Hartung y Anna-Eva Bergman), ya que entonces tuvo lugar la internacionalización de las investigaciones arqueológicas de Menorca con los trabajos en la isla de la egiptóloga inglesa Margaret Murray, de University College de Londres, seguidos de las investigaciones de un grupo de discípulos suyos de la Universidad de Cambridge: J. Cameron, H. E. Cox y T. Balakrishman, con la colaboración de los menorquines Flaquer y Fábregas. Después de 1940, señala Margarita Orfila, el uso de la geología, la biología, la física, la química, la economía, la antropología, entre otras disciplinas, como ciencias auxiliares de la arqueología permitió notables avances en los conocimientos y en la contextura social de la arqueología.
Las Cartas Arqueológicas de J. Mascaró Passarius fueron de gran ayuda para la preservación de los yacimientos. Y finalmente se destaca la ingente labor de Lluís Plantalamor, en torno a su tesis doctoral: L´arquitectura prehistòrica i protohistòrica de Menorca i el seu marc cultural (1992), que supuso un despliegue de investigaciones y de discípulos.

La lectura del ensayo de M. Orfila me sugiere todo un diseño práctico de actuaciones para enseñar a los visitantes la historia de Menorca "que se puede ver", así: 1. Informar la localización del patrimonio, con renovado énfasis y precisión intelectual. 2. Facilitar las rutas e itinerarios en términos profesionales. 3. Contar in situ con personal especializado para comunicar adecuadamente y con nivel intelectual la naturaleza y alcance de cada monumento o yacimiento arqueológico. 4. Facilitar la compra de publicaciones de referencia en los accesos a las áreas monumentales. 5. Conservar de modo exquisito el patrimonio, acorde con las nuevas técnicas. Y 6. Dotar un centro donde se ofrezca información global sobre el patrimonio arqueológico menorquín, con sala de proyecciones y de conferencias, biblioteca, librería y dotaciones también de guías especialmente expertos en su cometido cultural. El emplazamiento de este lugar debería estar estratégicamente elegido, de manera que los visitantes iniciaran su gira turística habiendo visitado dicho centro. Reconozco que estas reflexiones vienen a ratificar que "no hay nada nuevo bajo el Sol"; pero se trata de que éste ilumine con mayor brillo y alcance, además de playas y campos, también a las piedras ciclópeas milenarias, constitutivas del ser cultural de Menorca, donde la isla tiene su absoluta ventaja turística comparativa, sobre todo si se sabe explicar bien y en condiciones. Con el valor de lo atávico se puede construir ahora el futuro. Así como 1932, con la creación del Fomento de Turismo, marcó un despegue del turismo cultural en Menorca bajo los efectos de la crisis 1929-1931; 2009 debería suponer un nuevo punto de partida para la economía menorquina, al filo de la grave crisis actual.

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