Converesaciones con Roig

"Oraciones" en Jerusalén

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Juan Luis Hernández
Recuerdas las bellas palabras del "Talmud de Babilonia" (Tratado Kidushin 49:2) mientras una documental televisiva te ofrece unas imágenes aéreas de Jerusalén: "Diez medidas de belleza descendieron sobre el mundo; /nueve recibió Jerusalem/ y una el resto del mundo". Mientras Roig permanece alicaído, recuperándose felizmente de su dolencia, la ciudad santa emana, desde las alturas, placidez. En el Muro de las Lamentaciones (las propias, que no las ajenas) los judíos rezan.
Los restos del templo sagrado conviven, pacíficamente, y a escasa distancia, con la mezquita de Al-Aqua. Pero son sólo los muros los que dejan pasar los días en armonía. No así los hombres. Imploran los creyentes a distintos dioses pero sin saber que el nominalismo es posterior a la certeza de la existencia. Oran con pasión. Pero Dios no les escucha porque no ha encontrado posada dentro de unos corazones en los que sólo habita el odio. Sabes, a ciencia cierta, que el problema no estriba en la coexistencia y cohabitación de religiones, sino en la presencia del hombre... Máximo, inefable, como siempre, dibujó hace tiempo al Creador observando como lo por Él creado se mudaba en escenario de guerras fratricidas.
Y exclamaba: "Lo hice todo bien, pero con el ser humano..." Y, sin embargo, desde las alturas, todo parece relativamente fácil. Tal vez porque no puede ascender hasta ellas el hedor de la ira y la visceralidad...

- Estoy harto -musitas-.

Roig te mira entristecido. Mueve lentamente su cola, como recordándote
que está ahí, pero que su estado de salud no le permite juguetear, hoy, alegremente, contigo.

- Estoy harto -repites-.

Si estuvieras en clase hablarías ahora de la necesidad de añadir una
oración subordinada substantiva de Complemento del Adjetivo... ¿Harto de qué?

- De que secularmente se haya utilizado el nombre de Dios, no únicamente en vano, sino para prostituirlo al justificar vuestras miserias -te contestas-. A mayor hedor, mejor perfume... Entiendo su silencio, el divino. Como entendería también su llanto...

- Levantamos muros y urdimos trincheras. Etiquetamos después. Sólo restaba reducir o, incluso, eliminar. Hablamos de moros y cristianos, de fieles e infieles, de cristianos y sarracenos, de blancos y negros, de payos y de gitanos, de pobres y ricos, de judíos y palestinos,  de Jets y Sharks, de socialistas y peperos, de republicanos y nacionales, de inmigrantes y oriundos, de Capuletos y Montescos, de nómadas y sedentarios, de perros y gatos... Y, así, hasta el infinito y más allá, como exclamaría el bueno de Buzz Lightyear de "Toy Story"
Roig emite un leve gemido. Puede que sea físico. O meramente conceptual. Un gemido que suena a  pregunta  no retórica que acaba siéndolo. ¿Por qué? No se debe esperar respuesta. Tal vez porque no la haya... ¿A quién recurrir ante el drama israelita/palestino recrudecido, ante tantos otros dramas recrudecidos, interminables? ¿Al Chaplin de los últimos minutos de "El Gran Dictador"?
Quedaría bonito... ¿Al monólogo de "Ser o no ser" de Lubitsch? ¡Fantástico! ¿Quizás a las palabras finales de Arthur (Charles Laughton), el "cobarde" profesor de "Esta tierra es mía" de Jean Renoir? ¡Genial!

- Lo malo es que siempre nos quedamos, Roig,  en la teoría... Rara vez cruzamos el umbral de la práctica...

¿A quién recurrir, sí? Tal vez al texto de María/Julieta (Natalie Wood) con el que se cierra "West Side Story". Una mujer destrozada, junto al cadáver del ser amado (rojo sangre y negro duelo en la vestimenta, a modo de neo María Magdalena) exclama ante dos bandas rivales: "¿Cómo se dispara, Chino? ¿Basta con apretar el gatillo? ¿Cuántas balas quedan, Chino? ¿Suficientes para vosotros? ¿Y para vosotros? Todos vosotros lo habéis matado. ¡Y a mi hermano! ¡Y a Rick! No con pistolas y balas. Con odio. Ahora yo también puedo matar porque he aprendido a odiar"...

- No sé, Roig, cuántas balas quedan en Israel... Sólo sé que los dos niños de John Boyne siguen entendiéndose a través de una alambrada sin que los adultos aprendan de ellos. Sólo se que seguirán muriendo hermanos y madres y niños. No se llamarán Rick. Tal vez Josué o Mohamed... Como también sé que todos los habrán matado, entonces. No con pistolas, balas, piedras o misiles. Con odio. Y con estupidez...

Judíos y palestinos deberían observar esa medida de belleza que, según el Talmud de Babilonia, es Jerusalén. Observar la pequeñez de los seres que la pueblan. Constatar que, desde el aire, resulta difícil descubrir diferencias o distinguir credos. Y dejarse redimir por la desgarradora evidencia de que sus oraciones, las que emanan de lugares tan cercanos, pero opuestos, exentas de amor, a duras penas pueden alzarse del suelo y, aún menos, llegar a Dios...

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