Epifanía

Valorar:
Nunca vista

Jaime Cots
Pbro.
Se acerca la gran solemnidad de la Epifanía del Señor, que a pesar de su importancia y profundo significado, es seguramente la más desconocida y peor celebrada de todas las solemnidades de la Iglesia. Por ello he creído oportuno intentar darla a conocer a mis lectores.

Digamos en primer lugar que la fiesta primordial y fundamental de los cristianos es la de Pascua, que celebra conjuntamente toda la obra redentora de Cristo, y que, según recuerda el pasado concilio, se renueva en cierta manera cada domingo. En los primeros tiempos del cristianismo era ésta la única fiesta.

Pero, una vez que en el siglo IV la Iglesia obtuvo su libertad, se creyó oportuno además de aquella fiesta que celebra la Redención, dedicar otra para celebrar la Encarnación, la venida salvadora del Hijo de Dios.

En Roma el 25 de diciembre, cerca del solsticio de invierno en que los días se alargan y el sol gana la batalla a las tinieblas, la Iglesia escogió para celebrar el nacimiento de Cristo.

En cambio en el Oriente se escogió la fecha del 6 de enero, próxima también al solsticio. Y el objeto de la fiesta se diversificó para celebrar, no sólo el simple hecho del Nacimiento, sino la «aparición» o «manifestación» (que es lo que significa la palabra «Epifanía») de la divinidad a través de la humanidad del Hijo de María.


Después ambas Iglesias intercambiaron las celebraciones, y así tenemos Navidad el 25 de diciembre y Epifanía el 6 de enero.
Nuestros hermanos de Oriente suelen ser más poéticos, pero a la vez más complicados en sus celebraciones que los latinos. Y esto se nota en la solemnidad de la Epifanía.

En ella celebramos a la vez tres relatos evangélicos que tienen un especial carácter manifestativo de que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y Salvador; la Adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná.

El episodio de les Magos (que muchos intérpretes de la Escritura consideran no como algo propiamente histórico sino una especie de símbolo de la realeza y la mesianidad universales de Jesús) comporta ciertamente la idea de «Manifestación» del carácter extraordinario del Niño de Belén. Y digamos de paso que es leyenda que estos personajes, si es que existieron realmente, fueran reyes, así como los nombres fantásticos que se les atribuyen.

El Bautismo de Jesús es una manifestación espléndida de la Divinidad de Cristo, enmarcada dentro del ámbito de la Trinidad. El Padre deja oír su voz, proclamando a su Hijo, y el Espíritu Santo desciende visiblemente sobre Él. Por esto no es extraño que sea éste el hecho que los orientales celebran principalmente en este día, en que solemnemente bendicen las aguas. La antigua liturgia latina lo recordaba el día de la octava de la Epifanía; y actualmente nos hace celebrar este acontecimiento tan importante el domingo después del 6 de enero. Pero en realidad este hecho forma parte de la liturgia del mismo día 6, y dicho domingo es una prolongación de la solemnidad.

Finalmente, con la conversión del agua en vino, dice San Juan, Jesús «manifestó su gloria, y aumentó la fe de sus discípulos».

Esta manifestación o Epifanía de Jesús como Hijo de Dios y Salvador es el único misterio de Cristo que no está plenamente realizado. Mientras haya un solo hombre que no le conozca, la Epifanía tiene que proseguir. Y somos nosotros, los cristianos, quienes tenemos que manifestarle con nuestra palabra y con nuestro testimonio.

En la oración de la mañana de este día se recita o canta una antífona que es traducción de un himno griego: «Hoy la Iglesia se ha unido a su esposo celestial, porque Cristo en el Jordán ha lavado sus pecados; los Magos traen los regalos de boda, y con el agua convertida en vino se alegran los convidados».

Así, al relacionar poéticamente los tres misterios del día, nos revela el sentido profundo de la Epifanía, que es el día de las Bodas de Cristo con la Iglesia y con cada una de nuestras almas. Él, según nos recuerda San Pablo, quiere tener con nosotros una unión tan íntima que puede simbolizarse mediante la imagen del matrimonio. Como el novio se acicala y compone para atraer a su novia, así el Señor nos manifiesta el esplendor de su Divinidad para atraemos hacia sí y hacemos partícipes de su vida divina.

Que a todos los cristianos nos sirva esta celebración tan hermosa para unirnos íntimamente a nuestro Salvador, y convertimos en «Epifanías» o manifestadores de su amor y de su salvación.

Y ello podemos pedírselo al Padre mediante esta oración que se rezaba en la antigua octava de la Epifanía, y ahora puede utilizarse en la Misa del Bautismo del Señor, y que resume admirablemente todo el sentido de la Epifanía: «Oh Dios, cuyo Hijo unigénito ha aparecido revestido de nuestra carne, concédenos que, por medio de aquél que exteriormente contemplamos semejante a nosotros, seamos transformados interiormente».

Comentar


Todos sus comentarios serán previamente moderados. Gracias por participar.

* Campos obligatorios

De momento no hay comentarios.