Xerradetes de Trepucó

Juegos, fotografías, cromos y postales

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Margarita Caules Ametller
Fue en la verdulería donde escuché que  son muchas las personas que durante las fiestas  se han visto acorraladas con el siempre temible e  indeseable virus gripal. Que fa més mal que bé.

Los que figuran en los padrones, desde antes de la guerra, recordaran que aquellas gripes nada tienen que ver con las actuales. Se precisaba de una semana per aclarir-ho. Los 3 primeros días  se pasaban inmersos en un mundo de silencio y oscuridad total. Al 4º, en que la fiebre  se había fugado, se incorporaban en el lecho dando buena cuenta de un plato de caldo de pollo amb 4 fideus. Al 5º, se aprovechaba la hora del Ángelus  para levantarse, comiendo con la familia, marchando a la cama tras merendar de unas rebanadas de pan con aceite y algo de sal, sin faltar un tazón de café con leche de malta. Al 6º, de acompañar el tiempo y ser éste bonancible, al mediodía se daba un paseo por las proximidades del domicilio del enfermo. Y por fin llegaba el 7º en que si bien Dios descansó, los griposos iniciaban la vida normal.

Para cuantos lo ignoren, o se les haya olvidado, recordarles que jamás se empezaba un trabajo ni se iniciaba una nueva empresa a  no ser viernes. También los enfermos esperaban tal día como el idóneo para poder decir que ja estaven bons.

Una de las pruebas de cuanto digo es que en nuestro Teatro Principal se estrenaba la película de la semana en viernes a las 7 de la tarde, llamándole sesión de moda. Dándose la circunstancia de que Margarita, la viuda de Catchot, propietaria de los cines Consey y Victoria, solía recalcar que ella los cambios de películas los hacía en sábado, que no creía con supersticiones, lo que contaba era hacer un buen alquiler de los mejores films a los que tenía acceso.

Volviendo a la gripe, añadir que fui una privilegiada, mamá Teresa abría las ventanas que miraban a la calle de par en par, cuidando no entrase aire, para eliminarlo, nada mejor que colocar sobre la guillotina un pesado botifarró lleno de serrín o arena. De lo que no podía salvarme era de tomar cada 3 horas una cucharada  de un líquido asqueroso preparado en la farmacia según receta del doctor Doménech.

Ahora recuerdo que en un rincón de la habitación se  colocaba un utensilio nauseabundo, que con sólo mirarlo me daba horror y que se encontraba en todas las casas, una escupidera.  Era de porcelana blanca ribeteada de azul, la esposa del mecánico de la motora ya se la encontró en la casa al casarse con él. Tan sólo la usaba cuando alguno estaba enfermo, le servía para quemar unas ramas de romero, decía que purificaba el ambiente de la habitación, perfumándola. Pasada la crisis gripal, limpiaba el cuarto con esmero, incluso las cortinas y la susodicha escupidera iba a parar en la escalera del porche, envuelta en papel de periódico, siendo un verdadero alivio, le tenía pánico.

No todo era negativo, al hacer recuento debió de haber más cosas  positivas. Entre ellas, recibir los mimos de todos, comprándome cuentos de Hadas, TBO, cuadernos para colorear las figuras que en el mismo se encontraban, recortables...

Como anécdota inolvidable, decir que al llegar don Agustín Doménech, amigo y vecino de mis padres, lo primero que hacía era preguntar? ¿cuántos granos de acónico y brionia le habéis dado a la niña? Y es que Gori era un seguidor de la medicina homeopática, la adquiría en casa del señor Miguel Mora, que vivía en la calle de San Sebastián. Sin ánimo de ofender a sus hijos y nietos, todo lo contrario, para mí fue una persona entrañable, le llamaban en Miquel des pops. Por aquel entonces, estaba mal visto el medicarse con las diminutas bolitas, como si fuesen anises. Alguien dijo tiempo al tiempo, demostrando a la humanidad que jamás debió de ser perseguida, antes bien todo lo contrario, debió de ser admitida como remedio muy eficaz.

Y volviendo al enclaustramiento, las horas pasaban  entre lecturas, dibujos y recortar infinidad de recortables, que por cierto divierten a mi querida nieta Judith.
Otro pasatiempo consistía en revolver de arriba abajo y de abajo arriba las cajas de fotografías, algo divertidísimo. Preguntándome quiénes serían aquellas  parejas vestidas de negro, con semblante serio, dando la sensación de que iban a un entierro, cuando en realidad se acababan de casar. El motivo de la formalidad podría ser producido por el madrugón, a no ser de casa benestanta no estaba bien visto casarse ni a las 10, ni a las 11 y mucho menos a las 12, estaba terminantemente prohibido, sólo los señores podían acceder a aquel horario. Lo normal, a las 8 o las 9, si era las primeras nupcias. Los viudos o viudas, de 6 a 7 de la mañana, como si tuvieran algo de que avergonzarse, con la particularidad de que no se hacían fotografía de bodas; de haberlo hecho, las críticas hubieran llegado al cielo. No funcionaba el programa de salsa rosa, però es pinyol des vesins era molt agre.

Fotos de rollizos niños, desnudos colocados sobre pomposos almohadones, las niñas sin ropa, luciendo un enorme lazo a modo de portaaviones en lo alto de sus cabecitas. Un sinfín de personajes anónimos que tuvieron que pasar casi 50 años para saber quiénes eran. Una tarde de invierno me senté junto a Gori, poniendo orden, una a una quedó escrito en su reverso de quién se trataba, menos mal que el mecánico gozaba de un memorión, de lo contrario hoy no sabría quiénes eran.

Dentro de un sobre color canela, más grande de lo normal, con un sello de la casa Pla de Barcelona, donde se rectificaban culatas, lleno de fotografías realizadas por Dolfo en tiempos de trabajar para Juanito, disparadas en la Ravaleta, donde él tenía su puesto de trabajo los domingos y festivos. Mientras, en la cuesta de Hannover y la plaza Colón, por las mismas fechas estaba el señor Cortés, persona muy querida y apreciada por ser casi vecinos, ellos vivían en la calle de Santa Cecilia. En aquel lugar fotografiaba a cuantos lo deseaban. Años después en la Explanada encontramos a Huguet, excelente persona aficionada a la fotografía que hacía lo propio en aquellos alrededores. Es mi deseo  el poder sacar en breve las vidas de ambos.

Cada vez que mi padre me ayudaba a colocar todo aquel material en su sitio, se lamentaba de que su sobrino mayor le hubiera estropeado tantísimos álbumes, cromos, fotos, documentos y postales que tenía en sus días de soltero en el porche de su casa, donde vivía con su hermana Guideta.
No obstante, lo que quedó de aquella marabunta, yo me encargaba de colocarlos y entretenerme con ellos.

El de la motora de La Mola había sido un apasionado del motor, en todas sus variantes, de ahí sus frustradas ansias de poder ser mecánico de aviación  a pesar de su ingreso en la Aeronáutica Naval, consiguiendo brillantísimas notas  y su permanencia en el buque escuela "Dédalo" y más tarde en el campo del automóvil.

Muchas veces he pensado que la afición le fue inducida al contemplar desde su más tierna infancia las revistas de la época,  Mundo Gráfico, Nuevo Mundo,  La Actualidad, Los Deportes, La Cancha, El pelotari, El deporte velocipédico, entre otras muchas que se encuentran en el cajón que me dejó a modo de herencia. Sin olvidar su admiración por el deporte gimnástico, siendo uno de los destacados en su tiempo, haciendo paralelas y trapecio, hasta hace muy pocos los hombres de su época y algo más jóvenes hablaban de él como destacado y único que recorría de punta a punta o sea de un extremo a otro el gallinero del Teatro Principal de nuestra ciudad cogido de una viga a otra, tenia una força de braó mai vista. Tanto es así que jamás nadie le doblegó su brazo sobre la mesa cuando los jóvenes acostumbraban a enfrentarse con tal juego, muy en boga en los años 20 y 30. De él decía el reverendo Miguel Petrus, también considerado de los mejores, muy aficionado a fer força de braó, que era el único al que no había podido doblegar.

Las imágenes de aquellas revistas, conservadas en un estado impecable, se venían a unir a la cantidad de fotografías por él guardadas. Siendo un forofo de Mariezcurrera, Hauser y Menet a los que su padre paseó en infinidad de ocasiones con su 2 de mayo por el puerto de Mahón, al serles presentados por el señor Remigio Alejandre. Dejando un importante archivo fotográfico digno de mención, sus instantáneas jamás pudieron ser imitadas por fotógrafo alguno.

El motivo de este recuento de actividades al padecer el virus gripal, ha sido motivado por su gran diferencia al actual, apenas se guarda cama, viendo la televisión toda la jornada, sin ser visitado por médico alguno, sin otro entretenimiento que el visual, o bien frente a la tele o al ordenador, incluso en ocasiones es mejor no visitar al enfermo para no despistarlo de su consabida actividad, a la que se le podría definir pantallística.

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