El apunte

Concierto de nada nuevo

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Nunca vista

Pep Mir
Un cambio de año tiene una alta carga de simbolismo. A efectos prácticos supone sustituir la agenda, y tirar los recién obsoletos calendarios para habilitar los nuevos, aún libres de cruces. Si tiene suerte, también va a percibir un aumentillo en la nómina y, con o sin suerte, un aumento en algunos recibos como el de la luz. Pero, en general, una vez superadas las fiestas y cambiados los regalos con tallas desacertadas, la vida sigue por los derroteros en los que acabó el año anterior, por muchos propósitos del tipo "ir al gimnasio" que hagamos. Los cambios de verdad no tienen fecha en el calendario, vienen cuando vienen, en cuentagotas y a veces sin darnos cuenta. La estructura de nuestras vidas no se altera por un número de cuatro cifras al que recibimos a golpe de uva, excesos alcohólico-gastronómicos, y más o menos protocolarios buenos deseos al prójimo. La esencia sobrevive a la Nochevieja, y para demostrarlo TVE nos regala cada 1 de enero el Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Usted habrá cambiado de peinado, de pareja, de móvil o de trabajo, pero el concierto está allí, siempre con sus piezas clásicas, su suntuoso escenario, su envidiado público, su "Danubio Azul". Es una tradición sana, barata, y un recordatorio anual de la importancia y la fuerza de nuestras raíces vitales en una sociedad en la que muchos se andan demasiado por las ramas.

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