Café del mar

El caso Escandell

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Nunca vista

J. Carlos Ortego
En estos días de felicitaciones navideñas, rutinarias unas veces y sentidas las más, el asuntillo de un director insular en la primera página de los papeles de información ayuda a distraernos en algo interesante. Lo es no tanto por la gravedad sino porque huele a chapuza y porque es reprobable sobre todo desde el punto de vista estético, no está bien obtener dinero público de las instituciones de las que se forma parte para empresas o negocios con los que se tiene algún tipo de vinculación y si se hace deben guardarse las formas.

Y parece que, en efecto, es un problema de forma. Subbuteo acostumbraba a obtener subvenciones de la Administración para algunas actividades, ayudas que por lo general están regladas. Si el director insular ha metido la pata es más por ignorancia de la burocracia que por mala fe.

Pero si ha ocurrido, lo correcto es pedir perdón en vez de enzarzarse en extrañas campañas de la oposición y mucho menos pretender matar al mensajero, en este caso la funcionaria de actas, a quien se quería cargar el mochuelo del supuesto olvido o la falta de advertencia de incompatibilidad. Si los directores insulares fueran más profesionales el riesgo de chapuza sería infinitamente menor. El cargo de director insular requiere un perfil técnico, que valore más el conocimiento que la militancia de firma adhesión a un partido.

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