"Dejar de volar ha sido como perder media vida"

Vicente Roca recibe hoy un homenaje del Real Aeroclub Mahón Menorca, como reconocimiento a su trabajo en el impulso de la entidad, a través de la cual formó a más de 200 pilotos en 40 años

| Maó |

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Bücker. Avión cedido en 1977 al Aeroclub. Con él Roca ha hecho miles de acrobacias

06-11-2015

Conversar un rato con el doctor Roca es toda una experiencia. No solo por los conocimientos que denota y transmite, sino por la gran cantidad de vivencias que atesora y que expone con entusiasmo, recordando con satisfacción los placeres que le ha proporcionado el mundo de la aviación.

Vicente Roca Montanari (Maó, 1929) ejerció como ginecólogo en la Isla hasta 1995, cuando se jubiló. Sin embargo, su gran pasión fue, sin duda, la aeronáutica, para la que buscó siempre un hueco en su ajetreada vida como médico después de descubrir, a los 38 años, que él estaba hecho para pasear por las alturas. Esta pasión le llevó a sacarse la titulación de piloto y de instructor, y fue socio fundador del Real Aeroclub Mahón Menorca, entidad que ha preparado para hoy, a partir de las 12 horas, un homenaje en agradecimiento a la labor realizada durante tantos años, habiendo formado a casi 200 pilotos en 40 años, y después de haber sumado casi 8.000 horas de vuelo. Unas cifras nada despreciables teniendo en cuenta que la aviación era un ‘hobby’.

¿De dónde sale su pasión por los aviones y por volar?
En realidad fue cuando se creó el Aeroclub. Gabriel Seguí, que fue alcalde de Maó, hizo venir a un piloto de Barcelona con una avioneta para dar unas vueltas por el aire. Fuimos unos quince los que hicimos un vuelo de prueba. Pero luego pasaron dos o tres años, hasta que un día me llamó Biel y me dijo que teníamos que hacer un curso. Al construirse el nuevo aeropuerto, desde Madrid le habían dicho que la única manera de conservar este campo (el aeródromo) era creando un aeroclub, y que no nos lo podrían quitar mientras hubiera un piloto y un avión que volaran. Por eso había que hacer un curso de pilotos, y de quince salimos tres, Lorenzo Lafuente, Rafael Timoner y yo.

¿Y así hizo el curso?
Sí. Vino un instructor de Palma, hicimos el curso. Era el año 1968, y desde entonces he seguido volando toda la vida.

¿Qué recuerda del primer vuelo?
Me encantó. No dudé para nada. Lo único que no me gustaba era mirar abajo, no era vértigo pero sí que impresionaba. Pero no es así mirando al horizonte, teniendo el control. Me entusiasmó. Además tuve cierta aptitud, me gustó mucho, y a pesar de que me iba fatal en esa época porque tenía mucho trabajo, quise hacer el curso.

¿No tuvo miedo de subirse en una avioneta?
Hombre... Miedo no, aunque sí una sensación extraña. Sobre todo cuando me soltaron. Mientras iba con el instructor al lado iba volando, y hacía un carrusel. O dos. Lo extraño fue cuando no tuve a nadie al lado. Pero había hecho muchas tomas solo, no tuve mucho problema, no me costó. El avión era de fácil manejo.

¿Cuál fue el mejor consejo que le dieron cuando aprendía a volar?
Mantener la serenidad, siempre. Porque aprendes a volar, pero son las horas de vuelo las que te dan experiencia. Y sobre la velocidad... “Puedes perder la cartera y el carné de identidad, pero no la velocidad porque te caes”, me decían.

¿Cómo se plantea la posibilidad de crear el Aeroclub?
Cuando se hizo el nuevo aeropuerto, esto quedó cerrado. Había mostradores de Aviaco, los aseos. Estaba todo cerrado y la avioneta estaba al aire libre, no había hangar. Pero el casero estaba harto porque había gente que lo destrozaba todo, grifos, mostradores. Un día nos dijo que lo mandaría arreglar, pero que nos teníamos que hacer responsables de las instalaciones. El Aeroclub se fundó el 1969, y la cesión del aeródromo fue un par de años después, tras un periodo cerrado. Nos cedieron una AISA pequeña (avioneta). El primer año hicimos un sombrajo, aprovechando las cocheras de los bomberos del antiguo aeropuerto. Así metíamos la cola del avión en el garaje, y se cubría también con el cobertizo. Pero cada vez que soplaba viento se rompía. Por eso construimos un hangar, que costó 800.000 pesetas, porque las avionetas no podían estar a la intemperie.

¿Cuántos pilotos había en Maó?
Éramos tres pilotos, Basilio Sastre, Gabriel Vivó y yo. Pero tres eran pocos, y se hizo otra promoción. Desde el Real Aeroclub de Balears, que está en Son Bonet, en Palma, nos mandaron un instructor, pero dijeron que teníamos que quedarnos con el avión, la EC-BFS, una Piper PA28-140. Fue el primer avión que compró el Aeroclub, con el apoyo de los que volábamos. En 1974 yo ya tenía el título de instructor y de piloto comercial. Entonces se pudo poner en marcha la escuela de pilotos del Aeroclub. Fui instructor y jefe de escuela, en 40 años formé a cerca de 200 pilotos y volé casi 8.000 horas.

Usted tiene un avión...
Sí, una Piper PA32/300. Me habían hablado de un avión en Sabadell, de segunda mano, que pertenecía a un catalán que quería comprarse un bimotor. Era 1974. Este avión nos gustó, lo compramos Basilio Sastre, Gabriel Vivó y yo, pero luego me lo quedé yo porque la familia de Lito se enfadó. Ellos dejaron de volar y yo me lo quedé, hasta ahora, que lo quiero vender, aunque casi lloro cuando lo pienso. Con él he hecho muchos viajes y muchos rallies, vueltas aéreas, unas diez en Italia, cuatro en España, y cuatro por Cataluña.

Dicen que usted es quien más provecho ha sacado a la Bücker...
Es un avión de 1934, construido en 1953. La estructura es de madera, pero está recubierta de tela. Recuerdo que en 1977 fuimos a buscarla a Armilla, a la base militar de Granada. Yo nunca había volado una Bücker y era un avión con fama de difícil. Nos habían concedido dos, pero pasaron dos años hasta que no nos dijeron que podíamos ir a por uno de ellos. Empezaban a venderlos al extranjero y nos dijeron que teníamos que ir ya. Salimos de Menorca con la PA-28 hacia Granada. Allí tuvimos que hacer el papeleo para la cesión. Salimos de allí sin problemas. Despegamos bien, y como este avión tiene poca autonomía, fuimos primero hacia Almería. La toma fue de maravilla, y aunque hacía viento fue perfecta. Nos tomamos un café y luego salimos hacia el aeródromo de Rabasa en Alicante, y allí tuve que hacer tres aproximaciones. Hacía bastante viento de sureste, era una pista de tierra, con una carretera que la cruzaba. Tuve que hacer tres intentos, porque tocaba el suelo pero no podía aterrizar. Al tercer intento ya vi como iba eso.

Es un avión para acrobacias...
Aprendí a hacer acrobacias con José Manuel Seguí Puntas, que era un piloto militar. Cuando venía a Menorca empezó a volar conmigo, haciendo maniobras acrobáticas, loopings, toneles, barrenas. También aprendí con Jordi Amengual, un ingeniero de Palma.

Debe impresionar mucho hacer estas maniobras, estar colgando en el vacío en una cabina sin cubierta...
Cuando estás boca abajo no ves nada. Tienes que mirar hacia arriba, hasta que ves aparecer el horizonte. Si lo haces bien, la fuerza centrífuga te pega al avión.

¿Cómo disfruta más?
Con las acrobacias he disfrutado mucho, pero lo que más me ha gustado son los vuelos largos.

¿Cuál es el viaje más largo que ha hecho?
En horas de vuelo, a Canarias, porque volamos 22 horas en dos días. Pero el más largo de una tirada fue un Gijón-Maó. También he ido a Venecia, pero está más cerca de aquí que Gijón.

Ahora ya no vuela. ¿Cuándo fue el último vuelo?
Es por la edad. Hay que hacerse reconocimientos médicos, cada vez hay más historias y me cansé de ir cada seis meses a hacer pruebas. Puedo volar si voy con otro piloto. El último vuelo fue hace tres meses. Ayer me metí en el avión para mantenerlo y hacer una revisión. Conseguimos arrancarlo y rodé por la pista. Fue toda una emoción pensar en cuando volaba. Porque volar engancha mucho, fueron treinta y tantos años sin dejar de volar, todas las semanas.

¿Qué ha sido volar para usted?
Volar es libertad, estar despegado de la materia. Cuando estás ahí arriba estás solo y todo depende de ti. Eres libre. Y eso engancha mucho. Por eso, dejar de volar ha sido como perder media vida.

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