Menorquins al Món / Entrevista a José Luis Sales Blanco

"La vida en la base militar es realmente tranquila, existe mucha seguridad"

El menorquín vive junto a su mujer y sus tres hijos en la instalación de Fort Leavenworth, ubicada en el estado de Kansas, donde ejerce de oficial de enlace en el Centro de Armas Combinadas

| Maó |

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06-11-2015

La explosión accidental ocurrida en la batería de Llucalary en 1953, que acabó con la vida de su tío, fue determinante para que José Luis Sales Blanco (Maó, 1965) se decantase por la carrera militar. Tras estudiar en la Academia General Militar de Zaragoza, el menorquín regresó a la Isla convertido en teniente de Artillería.  La paulatina desaparición de las unidades militares en la Isla como consecuencia del plan de reajuste del Ejército, llevaron a Sales hasta Córdoba, donde se instaló junto a su mujer, Mari Cele.
Tras su ascenso a capitán, la pareja se trasladó a Granada. Allí nacieron sus tres hijos y vivieron hasta que, en julio  2010, Sales fue nombrado teniente coronel y destinado a la base americana de Fort Leavenworth, situada en el estado de Kansas, en Estados Unidos. La familia cruzó el Atlántico para iniciar una nueva vida aunque, en todo momento, el menorquín destaca que se trata de un periodo transitorio y que su intención final es regresar a España.

A día de hoy, el mahonés ejerce como oficial de enlace en el Centro de Armas Combinadas de Forth Leavenworth, cuya función es tratar los aspectos relacionados con la instrucción y adiestramiento del Ejército de Tierra americano.
 
¿Qué recuerdos guarda de sus años de niñez en Menorca?
Mis padres me dieron una infancia normal. Recuerdo los juegos con mi hermano, Gabino Sales, quien pronto se fue a estudiar Medicina y ahora vive en Málaga, los veranos en la casa de Es Grau, haciendo windsurf y paseando con la barquita de cala en cala, las tardes jugando a baloncesto con el Alcázar o los ratos con mi vecino de siempre, Carlos Mir. Mi casa de toda la vida sigue en la calle La Plana número 4, donde reside mi madre. Cursé mis estudios en el colegio Antoni Joan y en el instituto Joan Ramis i Ramis.

¿Qué le empujó a estudiar la carrera militar?
Era mi vocación. Mi tío, el teniente Gabino Sales Pons fue uno de los fallecidos en el accidente de la batería de Llucalary ocurrido el 26 de junio de 1953. De sus fotos y de las historias que me contaba mi padre me viene la vocación. En el año 1985 ingresé en la Academia General Militar de Zaragoza, saliendo como teniente de Artillería en el año 1990.

¿Volvió a la Isla?
Sí. Mi primer destino fue en Menorca, primero en la Fortaleza de La Mola y posteriormente, tuve el honor y privilegio de ser el jefe de la posición de Llucalary. Tengo buenos recuerdos de aquellos dos años y medio: juras de bandera, marchas por la Isla y buenos amigos que no dejo de visitar cuando tengo la oportunidad, como el subteniente Gomila o el subteniente Suárez. Uno de los mejores profesionales con diferencia que tuve a mis órdenes fue el actual alcalde de Es Mercadal, Francesc Ametller.

¿Cuando conoció a la que hoy es su esposa?
Curiosamente vivíamos en la misma calle pero nunca habíamos coincidido y si lo habíamos hecho, no nos habíamos dado ni cuenta. Nos conocimos a través de una amiga de ambos en el verano de 1991. Sinceramente, fue un autentico flechazo. Mari Cele es una mujer excepcional, una esposa magnífica y una madre maravillosa. Yo suelo decir que tras un gran hombre suele haber una gran mujer. No creo que yo sea un gran hombre pero tengo la suerte y el privilegio de que mi esposa es una gran mujer.

En 1993 se marcharon de Menorca...
Sí. Debido a los planes de reajuste, las unidades militares en Menorca fueron desapareciendo y, con ellas, la posibilidad de permanecer en la Isla. Tenía ya una antigüedad de dos años y medio como teniente y eso me permitió solicitar un puesto en una muy buena unidad. Me decanté por el Grupo de Artillería de Campaña Autopropulsado XXI localizado en Córdoba. Allí pasamos dos años y medio, hasta mediados de 1995.

¿Les resultó duro abandonar la Isla?
Duro no, durísimo. Estaba acostumbrado estar fuera de la Isla durante periodos largos de tiempo mientras estudiaba pero esta vez era distinto. También fue duro para Mari Cele. Recuerdo con cierta tristeza el momento en que, ya en el barco, salíamos del puerto sabiendo que nunca más volveríamos a la Isla destinados. No obstante, tenemos recuerdos maravillosos de nuestros años en Córdoba y de los buenos amigos que hicimos. La verdad es que es una ciudad preciosa y, si tuviéramos que elegir algo de ella, nos quedaríamos con la gente.

¿Se adaptaron fácilmente a la vida en el sur?
Lo cierto es que no tuvimos ningún problema e inmediatamente hicimos amigos. A lo que no acabamos de acostumbrarnos nunca es al hecho de no tener el mar Mediterráneo y el puerto de Maó al alcance de la vista y poderlo sentir y disfrutar de manera habitual. Cabe decir que Mari Cele es natural de un pueblo de Granada, Dehesas de Guadix, pero con cuando ella tenía dos años su familia se trasladó a Menorca.

A pesar de que ya residían lejos de Menorca, se casaron en Maó..
Sí. Nos casamos el 7 de octubre de 1995 en la Iglesia de Santa María de Maó. Todo fue de infarto, pues por aquel entonces, estábamos en Córdoba y queríamos celebrar nuestra boda en Menorca a toda costa y que fuera de capitán. Mi ascenso estaba previsto para julio de ese mismo año. Lo preparamos todo desde Córdoba: las invitaciones, el vestido y los complementos de la novia, incluso mi propio uniforme de gran gala eran cordobeses.

Pero tras la boda, dejaron atrás Córdoba...
Sí. Un ascenso suele conllevar un cambio de destino y, por tanto, ya no volvimos a Córdoba sino que nos dirigimos a Granada. Llegamos allí en 1995 y me destinaron a un unidad logística, un grupo de mantenimiento. Hay que reconocer que fue una decisión muy acertada y que me permitió desarrollarme profesionalmente de una manera muy satisfactoria.

Unos años después de instalarse en Granada participó en una misión de paz en Kosovo...
Sí. Fui a Kosovo como jefe de la compañía de mantenimiento del denominado Elemento de Apoyo Nacional. Nuestra misión era la de asegurar que las unidades estuvieran en condiciones operativas adecuadas para cumplir las misiones asignadas. Realmente, nuestra base estaba en Petrovec, en el aeropuerto de Skopie, la capital de Macedonia, pero nuestro trabajo se desarrollaba de manera habitual en Kosovo. Esta misión se inició en octubre de 1999 y duró aproximadamente unos cinco meses. La guerra ya había terminado y, en este aspecto, estaba relativamente tranquilo, aunque siempre vigilante. El principal problema era tener un accidente de tráfico, cualquier imprudencia podía ser terrible y mi meta era muy clara: volver con todos mis soldados. Las carreteras eran pésimas, las condiciones atmosféricas terribles, con temperaturas de hasta - 28 grados, con nieblas que imposibilitaban ver a más de dos metros y carreteras heladas.

¿Volvió de nuevo a Granada tras finalizar la misión?
Sí. Más tarde, en julio de 2002 fui ascendido a comandante y un año después obtuve el Diploma de Estado Mayor en el 104 Curso de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas celebrado en Madrid. Se trata posiblemente del curso más importante que un oficial del Ejército de Tierra puede realizar durante su carrera militar.

Posteriormente, fue destinado a Bosnia Herzegovina...
Sí. En este caso, ya como comandante, fui como jefe de la Célula de Planes y Ejercicios de una brigada multinacional formada con personal de Alemania, Italia, Francia y por supuesto, España. Esta misión empezó en 2003 y se alargó durante siete meses exactos. Estando en Mostar, tuve la suerte de recibir la visita del que por entonces era el Jefe del Estado Mayor del Ejército,  el general Luis Alejandre, acompañando al ministro Trillo. Al verme, el comentario del general fue gracioso. “¿Pero qué haces tú aquí?”, me dijo y, dirigiéndose al ministro le comentó, “es difícil ver a dos menorquines juntos tan lejos de la Isla, aquí los tiene”. En Mostar, la vida fue un poco más tranquila que en Kosovo ya que el trabajo era principalmente de oficina. En este caso, las jornadas eran también intensas pero delante de un ordenador preparando informes y otros documentos.

Y al finalizar, regresó al sur...
Sí. Volví a Granada hasta que, como consecuencia de la presidencia española de la Unión Europea, el primer semestre de 2010 se creó una célula de coordinación en el Estado Mayor de la Defensa. Me llamaron para formar parte de esta célula y, durante diez meses, pasaba la semana en Madrid y los fines de semana viajaba a Granada, donde se quedaron Mari Cele y los niños.

¿Cual era el objetivo de esta célula creada con motivo de la presidencia española de la UE?
Esta célula fue la encargada de desarrollar los aspectos de la Presidencia dentro del ámbito militar. Nuestro trabajo consistía, a grandes rasgos, en proponer iniciativas, analizar propuestas, asistir a conferencias, organizar visitas o preparar seminarios y reuniones con los países de la UE. Uno de los eventos más importantes que suelen organizar todas las presidencias es una reunión del Comité Militar de la Unión Europea en el país de origen de la presidencia. Precisamente, yo fui el encargado de organizar esta reunión en Sevilla.

Poco después, fue ascendido a teniente coronel...
Sí. Fui ascendido en julio y me destinaron a la  Oficina de Enlace del Centro de Armas Combinadas de Fort Leavenworth, ubicado en el estado de Kansas, en Estados Unidos. Recuerdo que la decisión de solicitar este destino no fue fácil y la tomamos de manera consensuada Mari Cele y yo. Nos lo hemos tomado como un periodo transitorio en nuestras vidas y lo más importante es que sabemos que tenemos que volver. Una vez seleccionado, fue una alegría. Creo que profesionalmente es una experiencia única pues convivo diariamente con oficiales americanos pero también con otros oficiales de enlace de once países diferentes que están en mis mismas condiciones. Además, para la familia también es una oportunidad única para conocer otro país y otro idioma.

¿Cómo recuerda los inicios en Kansas?
Las primeras semanas fueron complicadas, los inicios suelen ser difíciles en todas partes pero más aun en un país que no es el tuyo y utilizando un idioma que tampoco es el tuyo. Mis hijos, que habían nacido en Granada, dejaron muchos amigos allí. Los dos mayores asistían al Conservatorio de Danza y bailaban habitualmente en la Escuela de Danza Mariola de Burgos. La vida les cambió radicalmente al llegar a Estados Unidos, no tenían amigos y no hablaban inglés. Ellos recuerdan su primer día en el colegio allí como uno de los peores de su vida aunque podríamos decir que a los dos meses ya teníamos la situación más o menos controlada.

¿Se han acabado adaptando?
Sí. A día de hoy, los niños hablan un inglés increíble. Mari Cele baila en un grupo de flamenco de Kansas City y recibe clases en un centro muy famoso por estas tierras, el Kansas City Ballet. Nuestro hijo mayor, José Luis, se hizo con un puesto en el equipo de futbol americano del colegio al principio de curso y una vez terminada la liga, ha conseguido también, un puesto en el equipo de baloncesto. María es “cheerleader” en el colegio y también estuvo jugando a baloncesto el curso pasado. Sigue bailando ballet aunque con menos intensidad que en Granada. Sofía, por su parte, también baila ballet, pero lo mejor es su inglés.

¿También les costó habituarse a las costumbres americanas?
Un poco. Los horarios aquí son totalmente distintos a los de España. La gente se levanta habitualmente muy temprano, es normal ver a personas haciendo deporte o en el gimnasio a las 5.30 horas. Los horarios de las comidas también son distintos. Los americanos pueden comer perfectamente a las 11 horas y cenar sobre las 18 horas. Además, los platos no están tan elaborados como en España, es algo que echamos de menos aunque vamos sobreviviendo. Una de las cosas que más nos llamó la atención al llegar es la sensación de espacio que existe en esta zona. Todo es “XL”, como decimos de forma simpática. Existen aparcamientos enormes, los coches son también muy grandes y todo está perfectamente conectado.

¿El clima es también diferente?
Sí. El invierno pasado llegamos a - 21 grados y estuvo nevado hasta marzo. Por el contrario, los veranos son muy calurosos y húmedos.

Se instalaron en una base militar americana...
Sí. Fort Leavenworth es una base militar del Ejército de Tierra americano. Se puede decir que es una base pequeña a lo que están aquí acostumbrados aunque tiene unos 50 kilómetros cuadrados. Fort Leavenworth tiene tres colegios elementales y uno llamado ‘Junior High School”, al que asisten jóvenes de hasta 15 años. Tiene además dos gimnasios y una piscina climatizada, un centro comercial con diferentes restaurantes y un supermercado, peluquería, una gasolinera, un campo de golf, un cine, una biblioteca y muchas cosas más. Es, sin lugar a dudas, una pequeña ciudad. La vida en la base es realmente tranquila, existe una gran seguridad. Es normal ver a grupos de niños paseando o jugando en la calle sin problemas.

¿Salen a menudo de la base?
No hay ningún problema en salir de la base, el control está al entrar. Salimos bastante, sobre todo para llevar a los niños a bailar y los fines de semana, durante los que nos dedicamos a visitar los alrededores.

¿Han hecho amistades?
Al principio no es fácil, pero aquí existe una pequeña familia internacional de doce oficiales  de enlace procedentes de Alemania, Francia, Reino Unido, Australia, Holanda, Chile, Italia, Corea del Sur, Canadá, Brasil, Japón y España. Son personas que se encuentran en las mismas condiciones que nosotros y  las que pronto nos relacionamos.  Con los americanos es un poco más difícil, son mas reservados pero lo cierto es que también tenemos una relación inmejorable.

La base se encuentra en una ciudad denominada Leavenworth ¿Como se vive en esa zona del país?
La vida aquí es tranquila y cómoda. Leavenworth es un pueblo pequeño de alrededor 30.000 habitantes. Similar a Maó, pero sin puerto. La base es uno de los puntos principales de trabajo.

¿En qué consiste su labor en el Centro de Armas Combinadas?
Soy el oficial de enlace español y, aunque trabajo en Estados Unidos, dependo del Mando de Adiestramiento y Doctrina de España. Mi trabajo consiste en analizar documentos, transmitir información a nuestro ejército,  compartir esa información en ambas direcciones y mantener una fluida relación y enlace con puntos de interés en ambos centros. El Centro de Armas Combinadas tiene una misión similar a la unidad de la que dependo en España, incluso abarca algo más. Estamos hablando de confeccionar doctrina, tratar los aspectos relacionados con la instrucción y adiestramiento del Ejército de Tierra americano y desarrollar a los futuros líderes, como ellos llaman a sus cuadros de mando

¿Cómo se desarrolla una de sus jornadas en Fort Leavenworth?
La verdad es que me he adaptado a las costumbres americanas y me suelo levantar a las 5 horas, para llegar a la oficina sobre las 6 horas. Tenemos siete horas de diferencia con España así que de esta forma puedo tener un contacto telefónico directo con la oficina española. Alrededor de las 7 horas hago ejercicio, compatibilizando la piscina o la bicicleta con el gimnasio. Sobre las 14 horas voy a comer a casa y, normalmente, vuelvo a la oficina un par de horas más.

¿Durante cuánto tiempo tienen previsto quedarse en Kansas?
El 31 de julio de 2013 concluye mi destino aquí. A estas alturas es imposible tener  una previsión de cuál puede ser nuestra siguiente parada. ¡A principios de 2013 empezaremos a pensar en ello!

¿Han tenido la oportunidad de visitar Menorca desde que viven en Estados Unidos?
Estuvimos en la Isla el verano pasado. Fue sensacional. Maó nos pareció diferente y con un ambiente estupendo, como dice la canción, con un color especial. Lo hemos comentado varias veces con Mari Cele y quizá se deba  al hecho de haber estado un año fuera de España y a nuestra alegría por volver. La verdad es que echamos mucho de menos el mar, los paseos por el puerto y Es Grau. He pasado todos mis  veranos en esa playa y desde que tengo uso de razón siempre está en mis recuerdos. También añoramos la sobrasada, el queso y la comida de mi suegra, que regenta el restaurante Cele i Vidal, en la Explanada de Maó, y sobre todo, a mi madre, Asunción.

¿Cabe la posibilidad de que vuelvan a instalarse definitivamente en la Isla en un futuro?
Ese es un planteamiento que no descartamos ni mi esposa ni yo, pero, estando en activo, no tengo ninguna posibilidad. Ya veremos.


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