Opinión

Al menos queda el orgullo patrio, Sergi Llull

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Miguel Juan Urbano
Habrá que comenzar a asumir como cierta la incapacidad del ViveMenorca para combatir ante un rival de otra dimensión como el Real Madrid al que no ha podido tumbar en ninguno de los siete enfrentamientos desde que ambos coexisten en la Liga ACB. Será real aquella muletilla pretenciosa que enarbolan los acérrimos seguidores del equipo de la capital referida al peso intimidatorio que ejerce la camiseta blanca y su escudo ante quien se ponga por delante.

Contra el Menorca, en todo caso, la superioridad irritante del Real Madrid se ha manifestado una y otra vez, un hecho absolutamente previsible en función de las diferencias sustanciales que alejan a un club de otro. Perder contra la constelación de estrellas que bien dirige Joan Plaza no supone un revés doloroso sino más bien natural que no empaña una trayectoria ya sea regular o irregular. Siempre entrará en el terreno de lo cotidiano que el ViveMenorca claudique ante Madrid, Barça, Tau, Joventut o Unicaja, pese a que los mahoneses han podido ya con todos ellos en alguna ocasión. Con todos, salvo con el dichoso Real Madrid.

Ayer, sin embargo, la primera versión ViveMenorca.2009 resultó tan decepcionante como resignada abandonó su afición el Pavelló. El equipo quiso pelear al Madrid desde el perímetro y entregó un triunfo cómodo a un rival imposible.

Desprovisto de mayor interés el desequilibrado debate sobre el parquet, los menorquines presentes en el Pavelló, al menos, sintieron el orgullo patrio de comprobar cómo uno de los suyos, el gran Sergi Llull, aparecía al frente del trasatlántico madridista. Sergi es hoy por hoy el mejor deportista menorquín de la edad moderna si consideramos que juega, brilla y decide en uno de los mejores clubes del planeta Tierra en un deporte mediático. A Llull le conocen todos y es uno de los nuestros.

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