Fútbol /// Entrevista a Pau Carbonell, delegado del colegio menorquín de árbitros y profesor de matemáticas

Carbonell: "Me siento respetado en las aulas y como colegiado"

Diferentes caras pero con una misma voluntad de hacer un buen trabajo, este mahonés alterna las aulas con los terrenos de juego desde hace catorce años

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En plena faena. En la imagen, Pau Carbonell impartiendo una de sus clases a los alumnos del ?Ramis?

06-11-2015

María Álvarez     Maó
Pau Carbonell Tudurí (Maó 23 de mayo de 1969) encontró en el arbitraje un hobbie y hoy presume de ser uno de los colegiados más conocidos de Menorca, pero también uno de los profesores de matemáticas más querido por sus alumnos.

Su trayectoria profesional como árbitro comenzó el mismo día que la de profesor, en Eivissa, su primer destino, llegando a pitar en Tercera División hasta 1999, categoría de la que ahora es asistente. Después de trabajar también en Palma, Carbonell acabó regresando a Menorca, para ejercer de profesor en varios institutos de la isla, hoy en día en el "Ramis i Ramis", mientras seguía vistiéndose de corto los fines de semana. "No he pensado nunca en dejarlo", cuenta, "es algo que me encanta y disfruto mucho con ello. Tampoco he tenido miedo en un campo de fútbol. Sólo he salido dos veces acompañado de la Guardia Civil", explica Carbonell entre risas.

La suerte de unos pocos es la que presume de tener este matemático amante del fútbol, ya que no cambiaría por nada ni la enseñanza ni el arbitraje. "Hago dos cosas que me gustan. Son diferentes, pero no me decanto por ninguna".

Apasionado por vivir entre los jóvenes, Carbonell afirma que ambas profesiones le ayudan mucho y que se siente muy respetado tanto dentro del aula, como en los terrenos de juego: "En el instituto me gano a muchos alumnos porque soy árbitro y me gusta el fútbol. En los campos, la gente me suele respetar porque al ser profesor me consideran una persona responsable. Comparo las dos cosas porque en ambas estoy con chavales. A veces no sé qué me ayuda más".

Como profesor, Pau Carbonell se define estricto pero tolerante: "sólo les pido que trabajen. La ESO se trata de que aprendan y sé que las matemáticas cuestan. Por eso mis alumnos aprueban si trabajan". Como árbitro, este mahonés de padre catalán y madre 'santlluisera', trata de hacerlo lo mejor posible durante los partidos, a pesar de la difícil labor que le corresponde: "la gente desde la grada lo ve muy fácil. Yo me limito a pitar lo que veo".

Como delegado del Colegio de Árbitros de Menorca desde hace cinco años, Carbonell conoce a la perfección la situación que vive actualmente el arbitraje en la isla. "Hacen falta más colegiados. La mayoría somos veteranos porque los jóvenes que empiezan se desaniman pronto, debido a la exigencia de los aficionados, sobre todo, en las categorías menores. Conozco gente en mi vida cotidiana con las que me llevo bien y luego me insultan en el terreno de juego. Es incomprensible", relata.

Respecto al futuro, Carbonell siente que "hay que mejorar en muchos aspectos, tanto el aspecto físico como el técnico. Cada año se renueva el reglamento, se cambian normas y hay que hacer reciclaje, algo que, muchas veces, es imposible para los árbitros por falta de tiempo en su vida diaria. Pero sea como sea, hay que aplicar las normas como toca", acabó explicando este profesor de matemáticas que pasa los sábados y domingos sobre el césped de un campo de fútbol.

La victoria del árbitro
Ser árbitro es un trabajo ingrato en el que los conceptos deportivos de victoria y derrota no forman parte del juego. El árbitro nunca gana, por muy bien que lo haga y no puede evitar salir del campo sin que una parte de la afición se sienta perjudicada. Y es que lo más fácil siempre ha sido echarle la culpa al colegiado.

Ser árbitro es estar expuesto a las críticas y saber convivir con ellas y con el desprecio en algunos casos. Los nervios previos a saltar al campo, el ruido de los tacos en el túnel de vestuarios, el cántico de la afición. Todo eso puede parecer igual para un jugador como para un árbitro. Pero no lo es. El juez siempre va a estar condenado a juzgar sabiendo que su labor va a ser criticada pase lo que pase.

Ser árbitro exige otra manera de entender el deporte, exige una mayor preparación física, dedicación y un pleno conocimiento de las normas. La preparación de un árbitro profesional empieza un lunes sabiendo el partido que le toca arbitrar el domingo. Se informa de los dos equipos y de los jugadores, algo que le puede hacer salir coaccionado al césped.

Cada vez más jóvenes se lanzan a probar como colegiados, pero, ¿cuál es la victoria de un árbitro? Elemental. Conseguir que acabe un partido y pasar totalmente desapercibido.

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