Dietario

De buenos y malos

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El periodista mallorquín Matías Vallés decía el otro día en la radio que escribía para saber lo que pensaba, y no encuentro explicación mejor a los que nos sucede a algunos comentaristas cuando abordamos temas un tanto abstractos y que pasan un tanto de refilón, como el suscitado por el magistrado del Supremo Antonio Salas, quien ha achacado la violencia de género a la maldad humana de los maltratadores, negando el problema educacional y atribuyendo sus efectos a la mayor fuerza física de los hombres. Creo que llegó a decir que uno de estos malos difícilmente agrediría a una compañera campeona de taekwondo… Naturalmente, la opinión políticamente correcta arremetió contra el magistrado quien se extrañó de las reacciones, porque para él, insistir en que los malos siempre serán malos y pegarán a los/las débiles, es una opinión que no puede escandalizar a nadie.

Las palabras del magistrado me han hecho reflexionar sobre el tema de la maldad y, acordándome del citado dictamen de Matías Vallés que citaba al principio, me dispongo a escribir sobre ello para aproximarme a lo que realmente pueda pensar sobre un asunto que es de calado porque las derivaciones son diversas, como por ejemplo, la actual superpoblación de los corredores de la muerte estadounidenses, país que sabemos no se anda con tiquismiquis con los que considera malos redomados y en el que una gran mayoría de sus ciudadanos cree a pies juntillas en la responsabilidad propia absoluta. O qué decir de los terroristas y su cacareada inhumanidad, porque precisamente en el hecho de que sean humanos es donde radica la atrocidad de lo que los terroristas hacen. Si de verdad fueran inhumanos, posiblemente no nos sorprenderíamos en lo más mínimo de su comportamiento, nos dice el profesor inglés de Teoría Cultural Terry Eagleton en su opúsculo «Sobre el mal» (Edit.Península 2010).

En realidad, ser responsable no significa estar desprovisto de influencias sociales sino estar relacionado con tales influencias de forma diversa, y ahí es donde cantaría el magistrado Salas, porque los seres humanos pueden alcanzar un cierto grado de autodeterminación, pero sólo pueden hacerlo dentro del contexto de una dependencia con respecto a otros individuos de su especie, nos recuerda el profesor de Manchester. No olvidemos además que la mayoría de perversidades malintencionadas son de origen institucional, el resultado de unos intereses creados cuyos muñidores ni siquiera son conscientes de su gravedad y no de los actos anónimos de unos individuos cargados de maldad. Hegel consideraba que la historia «es el matadero en el que se han sacrificado la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los individuos».

Llegamos así a poder evaluar mejor el pretendido exabrupto del magistrado Sala, porque ahí divergirían las dos cosmovisiones, la conservadora en la que se inscribe la del magistrado, para la que no hay ambigüedades que valgan y los seres humanos en su mayoría son criaturas corruptas e indolentes que precisan de una disciplina y una autoridad constante para extraer algo bueno de ellas, y por otro lado la visión progresista según la cual la maldad se debería, más bien a la naturaleza de la historia social y política, es decir, las estructuras, las instituciones y los procesos de poder. Esta visión correspondería a la optimista/ingenua que glosaba la semana pasada: espera demasiado de la especie humana aunque, paradójicamente sea una postura mucho más humana.

Resumiendo: la visión progresista creería en la modificación de comportamientos y actitudes mediante herramientas educacionales y de igualdad de oportunidades, mientras para los conservadores, los márgenes de mejora humana son descorazonadoramente estrechos y no vale la pena esforzarse en ello. Ocurre lo mismo con el terrorismo: tildarlo de salvaje y malvado y arremeter ciegamente contra él es la mejor forma de exacerbarlo como se ha demostrado con la estúpida y también malvada invasión de Irak, lección que parece haber caído en saco roto dadas las propuestas fuerte e indiscriminadamente represivas de los neopopulismos.

Llegados a este punto solo queda rematar con la opinión propia si es que he conseguido llegar a alguna medianamente inteligible. Bien, no puedo creer en el hombre unidimensional, determinado por su genética y sus reacciones bioquímicas, es decir en los malos-malos y los buenos-buenos. Creo que el ser humano es más bien un híbrido entre sus determinantes de nacimiento y las interacciones sociales y que por tanto nunca debemos dejar de intentar propiciar una redención, aunque la deriva del mundo nos lo ponga cada vez más difícil: ¿cómo no pensar en una maldad intrínseca no ya en grandes criminales, sino en quienes agreden a niños, o maltratan a sus semejantes sirviéndose del anonimato de las redes sociales, o torturan animales? Vamos, que no lo tengo nada claro, y por tanto pongo aquí el punto final a este artículo.

Pedro J. Bosch

Oftalmólogo

y articulista

Creo que el ser humano es más bien un híbrido entre sus determinantes de nacimiento y las interacciones sociales